Clase 3: misión eclesial de la familia

Clase 3: La misión eclesial de la familia
I. Introducción
En nuestra sociedad actual, como revelan gran cantidad de encuestas realizadas, la familia es una de las realidades más valoradas. Nuestros contemporáneos, de hecho, no dudan en afirmar que se trata de una institución que debe ser protegida y custodiada. Con este fin, son muy numerosos los autores que estudian y profundizan en el organismo familiar desde los más diversos aspectos: sociológico, antropológico, ético...
Al mismo tiempo, a pesar de tantos estudios desde tantos y tan diversos enfoques, resalta con evidencia incontrastable que la familia es una institución amenazada, que corre peligro de extinción. Por ello, urgen en la actualidad unos estudios más profundos sobre la realidad del organismo familiar. En concreto, urgen estudios más profundos, desde una perspectiva teológica, que lleven a reconocer la necesidad de proteger la institución familiar fundada en el matrimonio.
Sin embargo, no falta gente que no acepta la enseñanza acerca de la familia desde una perspectiva teológica, como aquella persona que en los días del Sínodo de obispos de 1980 sobre la familia, dijo que no sabía qué estaban haciendo allí los obispos tratando sobre la familia, ya que no son sociólogos, ni biólogos, ni psicólogos, ni economistas, ni politólogos, ni demógrafos —decía—; ¡ni siguiera son padres de familia! Y preguntaba: ¿con qué competencia van a hablar en este Sínodo? La respuesta, es clara: a los obispos con el Papa se les ha encomendado el depósito de la Revelación, y consecuentemente, es a ellos a quienes primariamente compete, y no a otros, presentar al mundo el Evangelio sobre la familia, y decirle en esta situación concreta de finales del siglo XX cómo ve Dios hoy la familia[1]. Porque la Iglesia, iluminada por la fe, que le da a conocer toda la verdad acerca del bien precioso del matrimonio y de la familia, acerca de sus significados más profundos, siente una vez más el deber de anunciar el Evangelio, y está íntimamente convencida de que sólo con la aceptación del Evangelio se realiza de manera plena toda esperanza puesta legítimamente en el matrimonio y en la familia (cfr. FC, 3).
«En un momento histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma está profundamente vinculado al bien de la familia, siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena vitalidad, así como su promoción humana y cristiana, contribuyendo de este modo a la renovación de la sociedad y del mismo Pueblo de Dios» (FC, 3). Con este fin, el 22 de diciembre de 1981 Juan Pablo II publica la exhortación apostólica Familiaris consortio, que constituye un verdadero desarrollo teológico, profundo y sintético, acerca de la familia.
Sin embargo, no ha bastado la doctrina magisterial de la exhortación apostólica para defender el valor y la realidad de la familia, como demuestra el hecho que en el 2003, en su discurso anual a la Rota Romana, el Santo Padre insistía otra vez en la necesidad de descubrir, de nuevo, la dimensión trascendente intrínseca a la plena verdad sobre el matrimonio y la familia, superando toda dicotomía que tienda a separar los aspectos profanos de los religiosos, como si existieran dos matrimonios, uno profano y uno religioso. Porque en la “plenitud de los tiempos”, el mismo Cristo restauró el designio primordial sobre el matrimonio, insertándolo en el mismo misterio de la alianza de Cristo con la Iglesia[2]. «La unión intrínseca entre el matrimonio, instituido al principio, y la unión del Verbo encarnado con la Iglesia revela toda su eficacia salvífica por medio del concepto de sacramento. El Concilio Vaticano II expresa esta misma verdad de fe desde el punto de vista de las mismas personas casadas: “los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Ef. 5,32), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de los hijos, y, por tanto, tienen en su condición y estado de vida su propia gracia en el Pueblo de Dios (cf. 1 Cor. 7,7)” (LG, 11). En seguida, el Concilio presenta el entrelazamiento entre orden natural y orden sobrenatural, también en referencia a la familia, inseparable del matrimonio y vista como iglesia doméstica (cfr. LG, 11)»[3].
Por lo tanto, una profundización teológica en la institución familiar, puede contribuir a comprender la necesidad de salvaguardar unos principios para proteger y respetar a la familia cristiana, y así contribuir al desarrollo y a la humanización de la sociedad.
El mismo Juan Pablo II cuando dijo en la Familiaris consortio: «¡Familia, sé lo que eres!» (FC, 17), proponía la vía maestra para comprender con profundidad la realidad de la familia cristiana: descubrir cuál es su identidad propia.
El las dos primeras clases hemos abordado el tema de “Cuestiones sobre la familia” buscando una fundamentación teológica, antropológica y filosófica. En esta tercera sesión estudiaremos más específicamente lo que se refiere a la eclesialidad propia de la familia. Porque la intrínseca dimensión eclesial de la familia constituye precisamente la identidad propia de la familia cristiana.
Como fruto de las sucesivas profundizaciones teológicas en el tema del matrimonio y de la familia, considerados desde una perspectiva cristológica y eclesiológica, y como consecuencia de las enseñanzas del Magisterio, la teología de la familia está sujeta a una cierta evolución y profundización.
Debemos señalar dos momentos que han marcado las sucesivas profundizaciones teológicas:
- en primer lugar el Concilio Vaticano II que, en el contexto de la misión propia de los esposos en virtud del sacramento del matrimonio, define la familia velut Ecclesia domestica (cfr. LG 11);
- un segundo momento lo constituye la publicación de la Familiaris consortio. En ella Juan Pablo II, antes de hablar de la misión que corresponde a la familia en el interior de la Iglesia y como fundamento de tal misión, afirma que la familia es «a su manera, una imagen viva y una representación histórica del misterio mismo de la Iglesia» (FC, 49).
Así pues, en una primera etapa, pocos años antes del Vaticano II, nos centramos en el estudio de la teología del laicado y del apostolado propio de los laicos. Dentro de este campo de estudio trata con detalle el apostolado propio de los esposos cristianos.
En un segundo período, tomando como punto de partida las enseñanzas del Concilio, que define la familia velut Ecclesia domestica (LG, 11), profundizaremos en el ser y actuar eclesial propio de la familia cristiana.
Por último, en una tercera etapa, después de la publicación de la exhortación apostólica post-sinodal Familiaris consortio, elaboraremos una reflexión sintética definitiva sobre la identidad eclesial de la familia.
Para la exposición de esta clase nos centraremos en los escritos de un autor: Dionigi Tettamanzi, actualmente es el Cardenal Arzobispo de Milán.
II. Antes del Concilio
a) Apostolado de los laicos:
Durante muchos años la consideración de los laicos en la Iglesia, y entre ellos de las familias, era pasiva. Su apostolado era consecuencia de un mandato de la jerarquía. Yves Congar, al inicio de su libro, comenta irónicamente: «El Cardenal Gasquet relata esta anécdota: un catecúmeno preguntó a un sacerdote católico cuál era la posición del laico en su Iglesia. La posición del laico en nuestra Iglesia —respondió el sacerdote— es doble: ponerse de rodillas ante el altar, es la primera; sentarse frente al púlpito, es la segunda. El Cardenal Gasquet añade: olvidó una tercera: meter la mano en el portamonedas (F. A. Card. Gasquet, The layman in tre Pre-Reformation, Parish, Londres 1914, p. 1)» CONGAR, Y., Jalones para una teología del laicado, Estela, Barcelona 19653, p. 7).
Como hemos dicho, la plataforma desde la que se profundiza en la misión eclesial de la familia es el apostolado propio de los laicos. Como señalan Philips e Yves Congar: hoy en día se despierta «en muchos laicos una nueva curiosidad por las realidades misteriosas y por la vida profunda de la Iglesia. Por mucho tiempo, han sido considerados como sujetos pasivos de la autoridad eclesiástica. Ahora, en cambio, desaparece su torpor para dejar sitio a una participación activa: se sienten miembros vivos de una comunidad de salvación»[4]. Porque «los laicos están llamados a un mismo fin que los clérigos y los monges —a saber: el goce de la herencia de hijos de Dios—, pero su condición es la de perseguir y obtener este fin comprometidos en la marcha del mundo, en las realidades de la primera creación, en las circunstancias, etapas y medios de la historia»[5].
Gracias a esta visión positiva de los fieles laicos, afirman que la misión que les corresponde «consiste, una vez recibida la vida en Cristo, en desplegar todas sus vitalidades en un mundo dado por Dios, pero cuyo perfeccionamiento nos encarga como vocación»[6].
Por ello, cuando analizan la misión propia de los esposos en virtud del sacramento del matrimonio, no dudan en afirmar que en «la economía salvífica, el matrimonio es el único caso en que una institución natural es asumida y sacralizada, en sí y por sí, dentro del orden de la gracia»[7]. Esta misión recibida la llevarán a cabo, ante todo, «desde el punto de vista de la comunicación de la fe, de este encargo que la Iglesia ha recibido y que constituye su misión, de hacer discípulos y bautizar a todos los hombres. En lo que atañe a la participación de los laicos en esta función, los padres cristianos tienen la suerte excepcional de que su autoridad natural y su responsabilidad apostólica coincidan. Su función natural y su misión cristiana se abrazan hasta formar una sola. Su responsabilidad cristiana se halla emplazada en la misma raíz de la vida mundana y del crecimiento del mundo. Haciendo hombres pueden crear discípulos. Gracias a los padres cristianos, el mundo se convierte en cuerpo de Cristo e Iglesia en su mismo crecimiento. Las familias son de verdad y literalmente células de la Iglesia (...). Y no sólo en cuanto gérmenes de su reproducción, sino también como células vivientes en las que la vida y el misterio corporal se realizan de manera elemental. La familia es una Iglesia en pequeño, como se la suele llamar hoy en día imitando a los Santos Padres. ¿Cómo podría ser de otra manera cuando vemos que San Pablo relaciona la paternidad humana con la de Dios (Ef. 3, 15) y compara la unión de esposo y esposa con la existente entre Cristo y el fiel o la Iglesia?»[8].
Estos autores coinciden en destacar dos notas características del apostolado propio de los laicos: en primer lugar la eclesialidad, en este sentido hablan de un despertar eclesial[9] de los laicos, que «sienten que son Iglesia; y, por lo tanto, que tienen tareas, que deben actuar como Iglesia, que están todos llamados a la gran obra de la edificación del Corpus Christi»[10]; en segundo lugar la sacralidad, porque ven el apostolado como una participación en la vida de la Iglesia, por lo tanto, como una acción sagrada, sobrenatural[11].
Aunque casi no tratan del matrimonio, alguna pequeña referencia a este sacramento muestra que se dan cuenta que para los esposos, la familia constituye el principal y primer campo apostólico, precisamente en virtud del sacramento del matrimonio[12].
b) Teología del matrimonio:
La teología del matrimonio recibió un gran desarrollo en las décadas que precedieron al Concilio Vaticano II, gracias a que los estudios de algunos autores, que hablaban del sacramento del matrimonio, se dirigían más directamente a estudiar el amor conyugal como símbolo del amor de Cristo por la Iglesia[13].
La renovación de la teología matrimonial del siglo XX, con un retorno a la reflexión patrística acerca de la sobrenaturalidad del matrimonio cristiano, tiene su precursor —reconocido por la mayoría— en Scheeben[14], que parte de una profunda toma de conciencia de la realidad ontológica del mundo sobrenatural
«Según Scheeben, el sacramento del matrimonio consagra la unión de las personas —y no a las personas como ocurre con el bautismo, confirmación y orden— para una misión sobrenatural —engendrar hijos destinados a la santidad—, situando a los esposos en una posición particular y permanente en el cuerpo místico de Cristo. La consagración es entendida como la res et sacramentum del sacramento del matrimonio: es causado por el sacramento, y otorga un derecho a recibir la gracia significada»[15].
c) Nuevas iniciativas pastorales
La época previa al Concilio Vaticano II es también un tiempo de gran florecimiento, en el seno de la Iglesia, de nuevas iniciativas pastorales, que promueven bajo el influjo del Espíritu Santo una renovación y profundización teológica de la misma Iglesia, y dentro de ella del matrimonio y de la familia. Estos «movimientos de pastoral familiar surgidos durante la primera mitad del siglo XX, han contribuido significativamente a la revalorización en la Iglesia de la santidad matrimonial, gracias a su promoción de una espiritualidad para los esposos que no dejase al margen la propia vida conyugal y familiar»[16].
Entre los diferentes autores destacados en promover una espiritualidad del matrimonio y la institución familiar queremos señalar estos tres que tienen singular importancia debido a la gran difusión de las instituciones que han promovido en el seno de la Iglesia:
Mons. Carlo Colombo, profesor de Milán —pocos años más tarde nombrado teólogo personal de Pablo VI— que ve «el matrimonio como sacramento permanente y vía progresiva hacia la santidad, siguiendo el camino trazado por Scheeben»[17]. Además, desarrollará un importante papel en el Concilio Vaticano II, sobre todo en la elaboración del capítulo dedicado al matrimonio de la Gaudium et spes[18]. También había fundado los “Movimenti di Spiritualità familiare”.
Henry Caffarel: Este autor constituyó en la Francia de 1939 los Équipes Notre-Dame, que es un movimiento de espiritualidad y apostolado familiar difundido hoy en día por todo el mundo. Además, también «fundó tres revistas de espiritualidad familiar, siendo la más conocida L’anneau d’or. En ella se publican diversos artículos de carácter teológico con el fin de profundizar en la espiritualidad familiar»[19].
San Josemaría Escrivá: que fundó el Opus Dei, por inspiración divina, el 2 de octubre de 1928. Dicha institución, está formada por «cristianos corrientes que, al descubrir lo que la vocación cristiana supone, se comprometen con esa llamada y esfuerzan en lo sucesivo por comunicar ese descubrimiento a los demás, extendiendo así por el mundo la conciencia de que la fe puede y debe vivificar desde dentro la existencia humana, con todas las realidades que la integran»[20].
III. A partir del Concilio
a) Análisis del Concilio
Como primera síntesis citaremos a Goffredo Sciubba, quien como fruto de sus investigaciones acerca de la eclesialidad de la familia en las enseñanzas del Vaticano II, afirmará: «Entre las intervenciones pronunciadas en el Aula o consignadas por escrito, citamos sólo aquella de Mons. Fiordelli, obispo de Prato, porque es justamente aquí donde aparece, por primera vez de manera explícita en el Concilio, no sólo el intento de una verdadera y propia teología de la familia, sino también la expresión “familia-Iglesia doméstica”. La premisa desde la que parte Mons. Fiordelli es que el estado sacramental del matrimonio ocupa un lugar especial dentro del conjunto del Cuerpo Místico de Cristo, diferente no sólo del episcopado, del presbiterado y del estado de perfección religiosa, sino también del mismo estado laical, precisamente gracias a la elevación del matrimonio a nivel sacramental obrado por Cristo»[21].
«Apoyándose en precisas y autorizadas citas patrísticas, Mons. Fiordelli desarrolla una particular teología del Cuerpo Místico, según la cual estaría compuesto de niveles concéntricos y complementarios, pero dotados de una autonomía y de una base ontológica propia. El más básico de estos niveles es la familia cristiana, que es como la célula más fundamental que entra a formar parte del Cuerpo de la Iglesia (...). Ella es parte viva e integrante del cuerpo eclesial, pero de un modo propio. Esto es verdad no por la constitución misma de la Iglesia, como es el caso de la parroquia [sic], sino por la voluntad del mismo Cristo, que hizo santa, es más, sacramental, la institución familiar»[22].
La más profunda comprensión de la eclesialidad propia del matrimonio y de la familia es posible gracias, sobre todo, al cambio de perspectiva desde el que se enfocan estas realidades. Ahora se habla del matrimonio y de la familia insertándolas «en un contexto más amplio, representado por el tema de la Iglesia presente y operante en el mundo»[23]. Así se supera el enfoque moral-jurídico y defensivo, que había predominado en los años anteriores, y se remplaza por uno bíblico-existencial, positivo-expositivo, pastoral[24].
«Una novedad de grandísima importancia es la aparición de la idea de participación: la familia cristiana, en virtud del sacramento del matrimonio, es imagen y participación del pacto de amor esponsalicio de Cristo con la Iglesia»[25].
La dimensión eclesial —redescubierta por el concilio— nos muestra que la familia, nacida y sostenida por la gracia del sacramento del matrimonio, «se configura como Iglesia doméstica, reflejando en sí la fisonomía de la Iglesia y, participando en su misión de salvación en el mundo»[26].
Entre otras formas, esta eclesialidad es resaltada en los textos conciliares mediante la categoría teológica Ecclesia domestica[27]. El Concilio con esta categoría, pretende formar y madurar «la conciencia de la identidad eclesial de la familia cristiana: ésta representa y constituye una pequeña Iglesia»[28].
Pablo VI resalta que este «título de Iglesia doméstica, domestica ecclesia, se remonta a los primeros albores del cristianismo»[29]. Muchos otros autores argumentan también este origen apostólico, si bien es cierto que durante la etapa apostólica la expresión hace referencia más al lugar material donde se reunían los fieles —la domus ecclesiae—, que a un grupo de personas relacionadas por vínculos familiares originados en el matrimonio.
b) Consecuencias del concilio en el ámbito de la familia.
A partir de los principales elementos que los textos conciliares aportan acerca de la dimensión eclesial de la familia cristiana, se puede elaborar un cuadro orgánico que sirva de punto de partida para desarrollar algunas reflexiones teológicas sobre la familia cristiana. Seguiremos para ello, las conclusiones del Cardenal Tettamanzi:
1. La relación entre familia cristiana y la Iglesia es de naturaleza sacramental: La relación con la Iglesia es de origen y naturaleza sacramental: en consecuencia, constituye una posibilidad ofrecida gratuitamente a los cónyuges cristianos por el sacramento del matrimonio, y, por lo tanto, de Jesucristo. La inserción y la participación en la Iglesia, antes que mandatum que deben asumir los cónyuges, es donum del amor de Cristo: por ello, es con la fuerza de Cristo (su Espíritu como vinculum amoris) que la familia está unida a la Iglesia.
El matrimonio especifica la vocación-misión profética del bautizado-confirmado, capacitando y comprometiendo a los esposos cristianos a vivir tal vocación-misión como esposos cristianos, o sea, con los elementos que constituyen el proprium del matrimonio cristiano, y éstos son: la modalidad de la pareja, y el contenido del amor conyugal.
2. Una relación en la doble línea de la significación y de la participación: El fundamento sacramental de la familia cristiana explica ulteriormente en qué línea se desarrolla la relación de la familia misma con la Iglesia: es la doble línea —característica de toda realidad sacramental que es signum efficax de la gracia— de la significación y de la participación.
Esto significa que «la familia cristiana constituye, por un lado, una manifestación (revelación, testimonio, epifanía, signo) de la realidad de la Iglesia, y, por el otro, una actualización suya (encarnación, concretización, presencia).
3. La dimensión eclesial también se revela y actualiza a nivel del ser: La familia cristiana, cuya misión en y por la Iglesia lleva a un ministerio recibido, el cual, a su vez, se funda en la intervención de Dios en Jesucristo, que se sitúa a nivel del ser sobrenatural de los esposos. Esta es la fisonomía sobrenatural que imprime en los cónyuges el sacramento del matrimonio.
4. Una participación propiamente familiar, en el ser y en el actuar de la Iglesia: Señala Tettamanzi que, de los textos conciliares, se deducen dos líneas sobre el modo como se revela y actualiza, a su manera, el mysterium Ecclesiae en la familia cristiana. Se trata de una línea general y otra particular, «según la primera, la relación de la familia con la Iglesia es el resultado de la participación de los cónyuges en el profetismo-sacerdocio-realeza de Cristo y de la Iglesia: esto es, la familia cristiana tiene una dimensión eclesial porque es (está insertada en la) Iglesia, en cuanto Pueblo profético-sacerdotal-real. Según la línea particular o específica, la relación es el resultado de una propia (conyugal y familiar) participación en el triple ministerio (triplex munus) de Cristo y de la Iglesia»[30].
IV. Después de la Familiaris consortio
Acabamos esta tercera clase con una exposición sintética sobre la misión eclesial de la familia. Para ello utilizaremos los escritos del Card. Tettamanzi, que tuvo un gran peso en la redacción de la Familiaris consortio.
De hecho, la comparación de los escritos de Tettamanzi con la posterior exhortación apostólica Familiaris consortio pone en evidencia una gran semejanza entre ambos. Esto nos permite afirmar que existe una influencia clara de sus escritos en la exhortación, que se traduce en muchas coincidencias evidentes, y en ninguna discordancia. Por ello, esta exhortación apostólica constituye, de hecho, una aprobación autorizada de las enseñanzas de Tettamanzi.
«LA FAMILIA IMAGEN VIVA Y REPRESENTACIÓN HISTÓRICA DE LA IGLESIA»
«Más allá de la imagen-categoría Iglesia doméstica, el contenido que se pretende afirmar es la íntima, viva relación que existe entre la Iglesia y la familia: una relación no meramente sociológica o psicológico-moral, sino más bien teológica, y, por lo tanto, interior, espiritual, sobrenatural, unida con el sacramento del matrimonio que inserta y estructura a la pareja cristiana, a su modo, como revelación y representación de la Iglesia, precisamente como Iglesia doméstica o pequeña Iglesia»[31].
La misión eclesial de la familia cristiana
Dice Tettamanzi que la «participación de la familia cristiana en la realidad de la Iglesia, comporta también su participación en la misión salvífica de la misma Iglesia. Es una consecuencia lógica y necesaria de la inserción de la familia en el mysterium Ecclesiae»[32].
Señala nuestro autor que el lugar dónde la Familiaris consortio usa expresamente el título Iglesia doméstica es, precisamente, en los números en los que la exhortación desarrolla la participación de la familia cristiana en la misión salvífica de la Iglesia, y habla de una fecundidad sobrenatural propia de la familia cristiana que “se hace símbolo, testimonio y participación de la maternidad de la Iglesia” (FC 49)[33].
Porque «si la familia cristiana es Iglesia doméstica, precisamente por ser una cierta expresión y realización particular de la Iglesia, también recibe de Jesucristo y el Espíritu Santo la gracia y la responsabilidad de la misión salvífica»[34].
Prosigue nuestro autor, preguntándose: «¿Cuál es la gracia propia y la responsabilidad específica de la familia cristiana en su participación en la misión salvífica de la Iglesia?»[35].
Nuestro autor descubre los siguientes elementos que definen la identidad específica de la misión salvífica de la familia cristiana:
1. El fundamento de la misión salvífica de la familia cristiana
Afirma Tettamanzi: «participar en la misión salvífica de Jesucristo y de la Iglesia es esencialmente un don ofrecido y una tarea asignada (donum et mandatum): este don y esta tarea tienen su fundamento en el encuentro sacramental con Cristo»[36]. Y descendiendo al caso concreto, comenta que: «En el caso de los cónyuges y los padres cristianos, el don y la tarea relacionados con la misión salvífica están arraigados en el Sacramento del matrimonio, que considera [sic] y especifica los sacramentos del Bautismo y la Confirmación»[37].
Precisamente este fundamento sacramental, le hace señalar a nuestro autor distintas perspectivas teológicas: este apostolado tiene una motivación propiamente intrínseca, relacionada inseparablemente con su mismo ser, tal como ha sido configurado por los sacramentos del Bautismo y del matrimonio; la misión salvífica de los cónyuges y de los padres cristianos está relacionada con la casi-consagración significada y producida por el sacramento del matrimonio, en base a esta casi-consagración, la misión salvífica urge y obliga siempre a los cónyuges y padres cristianos, incluso si carecen de la gracia santificante; al ser el sacramento indiscutiblemente un don y un mandato (donum et mandatum), también la misión salvífica en que se funda (y alimenta), se configura inseparablemente como gracia y responsabilidad[38].
2. El contenido de la misión salvífica de la familia cristiana
El contenido propio, señala nuestro autor, son «las realidades concretas dentro y a través de las cuales el amor de Dios se expresa y se realiza; para ser más precisos: aquellas realidades concretas que son propias y específicas de la pareja y de la familia»[39]. Es decir, el contenido es «aquella realidad originaria-central-omnicomprensiva de la existencia conyugal/familiar que es el amor, en sus características distintivas»[40].
Sobre este núcleo del amor, nuestro autor presenta algunas rápidas reflexiones teológicas: en primer lugar señala que normalmente se habla de amor y de vida como contenidos fundamentales de la misión salvífica de la familia, Tettamanzi prefiere hablar sólo del amor, entendido en su doble e inseparable dimensión unitiva y procreativa; también dice que, esta entrega conyugal, se expresa y actúa en el cuerpo y con el cuerpo, por ello, el cuerpo sexuado es su dato cualificante, como signo y lugar del amor conyugal en sus significados unitivo y procreativo.
Concreta Tettamanzi que la «índole secular de la misión eclesial de la pareja y familia cristiana encuentra su justificación en la naturaleza específica del sacramento del matrimonio, en cuanto asunción y transfiguración sobrenatural de una realidad humana del orden de la creación»[41].
3.3. La modalidad de la misión salvífica de la familia cristiana
Señala nuestro autor que la familia cristiana participa de la misión de la Iglesia de modo propio y original[42], «tal modo deriva de la identidad propia y original de la familia como comunidad íntima de vida y amor»[43]. En efecto, la participación de la familia «en la misión de la Iglesia se realiza según una modalidad comunitaria: por ello, juntos los cónyuges en cuanto pareja, y los padres y los hijos en cuanto familia, deben vivir su servicio a la Iglesia y al mundo»[44]. Esta «modalidad comunitaria nace de la nueva unidad conyugal y familiar que la fe y los sacramentos donan y alimentan. Es una unidad que, a su modo, es revelación y realización de la unitas Ecclesiae»[45].
Nuestro autor hace dos reflexiones teológicas como fruto de esta modalidad. La primera es que esta modalidad puede ser vivida a nivel doble y unitario: intencional o espiritual, y ejecutivo u operativo. Porque la una caro se configura en primer lugar como comunión de intenciones, proyectos y deseos. Pero además la unidad psico-física de la persona y la relación interpersonal propia de los miembros de la familia, exigen que sus miembros compartan algunas obras de servicio a la Iglesia o a la sociedad. La segunda reflexión revela la variedad y unidad que juntas caracterizan el núcleo familiar. La variedad de los dones y las tareas, de las vocaciones y de las responsabilidades, unidas por el fundamento de la comunión específica de la pareja y de la familia cristiana. Esta variedad de la Iglesia doméstica es participación y reflejo de la variedad de la misma Iglesia[46].











[1] Cfr. LOZANO BARRAGÁN, J., Iglesia y Familia, “Medellín” 11 (1985), p. 161.
[2] Cfr. JUAN PABLO II, Udienza a la Rota Romana, “L'Osservatore Romano” 31-I-2003, p. 4.
[3] Ibid.
[4] PHILIPS, G., o.c., p. 4.
[5] CONGAR, Y., o.c., p. 30.
[6] Ibid., p. 137.
[7] Ibid., p. 229.
[8] Ibid.
[9] Cfr. SPIAZZI, R., La missione dei laici, Edizioni di Presenza, Roma 1951, p. 121.
[10] Ibid., p. 123.
[11] Cfr. ibid., p. 99.
[12] Cfr. ibid., p. 177.
[13] Cfr. COLOMBO, C., Scritti teologici, o.c., pp. 522-523.
[14] Hay dos autores que son especialmente claros en su valoración de la aportación teológica que realiza Scheeben para el desarrollo de la teología del matrimonio en el siglo XX: COLOMBO, C., Scritti teologici, o.c., pp. 532-538; y DÍAZ DORRONSORO, R., o.c., pp. 81-82.
[15] Ibid.
[16] DÍAZ DORRONSORO, R., o.c., pp. 54-55.
[17] COLOMBO, G., La teologia di Carlo Colombo, "La Scuola Cattolica" 130 (2002), p. 215.
[18] « L'interese del teologo milanese ai problemi della spiritulità familiare data molto prima del Concilio, quando don Carlo aveva dedicato a questo ambito non poche delle sue energie pastorali e della sua riflessione teologica, presentando la vita coniugale come autentica via di perfezione cristiana »: BRAMBILLA, F. G., o.c., p. 227.
[19] Ibid., p. 58. Más adelante prosigue: «Al influjo que tuvieron los Équipes Notre-Dame y la Revista L’anneau d’or en la renovación de la espiritualidad matrimonial en la Iglesia, hay que añadir el papel inmediato que jugó Caffarel en la elaboración de los documentos preparatorios del Concilio, ya que fue nombrado consultor de la Comisión del Apostolado de los laicos durante la fase preparatoria»: ibid.
[20] DE FUENMAYOR, A, - GÓMEZ-IGLESIAS, V, - ILLANES, J.-L., El itinerario jurídico del Opus Dei, Eunsa, Pamplona 19904, p. 27.
[21] SCIUBBA, G., o.c., pp. 22-23. «A Mons. Fiordelli se le debe dar el mérito de sacudir la pereza conciliar y haber causado la introducción en el De Ecclesia del tema primero del Matrimonio y después de la familia cristiana a la que había querido llamar pequeña Iglesia»: COLOMBO, F. A., "Familia christiana velut ecclesia domestica secondo l'insegnamento del Concilio Vaticano II": analisi teologica del dato conciliare, Tesis de Doctorado pro manuscripto, Pontificia Università Urbaniana, Roma 1996, p. 41.
[22] SCIUBBA, G., o.c., pp. 23-24. Por equivocación en la traducción del texto latino, Schiubba afirma que la división en parroquias es constitutiva de la Iglesia, cosa que el texto no dice.
[23] BALDANZA, G., o.c., p. 161. El Concilio recoge los avances teológicos realizados por los estudiosos en las décadas anteriores al Concilio, sobre todo acerca de la participación de los laicos en la misión de la Iglesia, fundada en los sacramentos.
[24] Cfr. ibid. Gracias al Concilio se da un paso adelante en la teología del matrimonio superando la visión casi exclusivamente moral y jurídica que caracterizaba la reflexión pre-conciliar: cfr. SCIUBBA, G., o.c., p. 129.
[25] BALDANZA, G., o.c., p. 190. « Perciò il Concilio, mentre del matrimonio in genere afferma che è segno dell’unione di Dio con il popolo d’Israel e tramite suo dell’unione di Cristo con la Chiesa (…), al matrimonio tra i cristiani attribuisce, invece, non solo l’immagine ma anche un’autentica partecipazione »: GARCÍA DE HARO, R., o.c., p. 225.
[26] TETTAMANZI, D., La Chiesa domestica: per una pastorale della famiglia oggi, Dehoniane, Napoli 1979, p. 7. A partir de ahora LCD.
[27] « Il matrimonio cristiano costituisce un’autentica “vocazione” soprannaturale; quindi, i coniugi possono e devono cercare la santità nell’adempimento dei propri doveri; inoltre, attraverso la stessa vita familiare sono chiamati a compiere un intenso lavoro apostolico in mezzo al mondo »: GARCÍA DE HARO, R., o.c., p. 191. « Si comprende così che il Concilio abbia voluto, seguendo l’espressione di qualche Padre della Chiesa, parlare della famiglia come “Chiesa domestica” (LG 11, §2). Cioè quel punto focale di comunione cristiana che si spande nella società con un fascino allo stesso tempo divino e umano »: ibid., p. 203.
[28] LCD, p. 8. Nuestro autor, para mostrar la profunda relación de la familia con el mysterium Ecclesiae, usa con frecuencia la categoría Ecclesia domestica. Nosotros también usaremos tal categoría para referirnos a la dimensión eclesial propia de la familia.
[29] PAOLO VI, Alocución Noi pensiamo, en la Audiencia General, 11 agosto 1976, en EF, Vol. III, pp. 2164-2165. Y prosigue: «Baste citar a san Pablo con referencia a los dos cónyuges Aquila y Priscila, que siguieron al apóstol en varias de sus peregrinaciones, y tuvieron el honor de tenerlo como huésped con la Iglesia local (...). Esto significa que la hospitalidad familiar, fue el primer nido del que surgieron las primeras Iglesias particulares»: ibid.
[30] LCD, pp. 57-58.
[31] IDEM, Fondamenti teologici e problemi pastorali della famiglia cristiana oggi, en AA.VV., Famiglia comunione e comunità, Ave, Roma 1982, p. 116
[32] DSU, p. 216. Así lo dice la Familiaris consortio: «Por su parte, la familia cristiana está insertada de tal forma en el misterio de la Iglesia que participa, a su manera, en la misión de salvación que es propia de la Iglesia. Los cónyuges y padres cristianos, en virtud del sacramento, “poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida” (LG 11). Por eso no sólo “reciben” el amor de Cristo, convirtiéndose en comunidad “salvada”, sino que están también llamados a “transmitir” a los hermanos el mismo amor de Cristo, haciéndose así comunidad “salvadora”»: FC 49, en FFH, p. 297.
[33] Cfr. DSU, p. 216. En la Familiaris consortio esta participación se representa según el esquema del triplex munus: para mostrar “la participación de la familia cristiana en la misión eclesial, hay que poner de manifiesto ahora su cometido en la triple unitaria referencia a Jesucristo Profeta, Sacerdote y Rey, presentando por ello la familia cristiana como 1) comunidad creyente y evangelizadora, 2) comunidad en diálogo con Dios, 3) comunidad al servicio del hombre” (FC 50): cfr. FC 51-61.
[34] IDEM, La Iglesia doméstica: La misión cristiana de la familia, en AA.VV., La misión del laico en la Iglesia y en el mundo, VIII Simposio Internacional de Teología. Universidad de Navarra, Pamplona 1987, p. 553.
[35] Ibid., pp. 553-555.
[36] Ibid., p. 555.
[37] Ibid. La versión española de este artículo ha sido realizada por el mismo autor. En la posterior versión italiana de este mismo artículo, publicado en "Studi Cattolici" 317-318 (1987), pp. 403-411, el autor traduce la palabra "considera" por "riprende".
[38] Cfr. ibid., pp. 556-557.
[39] Ibid., pp. 557-558.
[40] Ibid., p. 558.
[41] DSU, p. 218. Cfr. LG, 31; FC, 47.
[42] Cfr. FC, 50.
[43] DSU, p. 217.
[44] DSU, p. 217.
[45] Ibid.
[46] Cfr. TETTAMANZI, D., La Iglesia doméstica: La misión cristiana de la familia, o.c., pp. 563-565.