Clase 2: Fundamentación teológica de la familia

Clase 2: Fundamentación teológica de la familia.
I. Introducción
Si empezamos a leer la Familiaris consortio, nos encontramos unas primeras páginas que se dedican a la descripción de la situación actual. Como un conjunto de luces y sobras que sobrevuelan la institución familiar. Aunque hayan pasado más de 25 años desde su publicación, nos damos cuenta de su actualidad, y también del carácter profético que tuvo en su tiempo.
La perspectiva teológica desde la que, en esta clase, analizamos a la familia, no significa que tenga menos importancia, o que sea secundaria. De hecho, aunque lo abordemos en la segunda clase y después de una fundamentación más filosófica-antropológica, este enfoque tiene más fundamento y más verdad que el anterior: porque
«La Iglesia conoce el sentido del hombre gracias a la Revelación divina. “Para conocer al hombre, el hombre verdadero, el hombre integral, hay que conocer a Dios”, decía Pablo VI, citando a continuación a Santa Catalina de Siena, que en una oración expresaba la misma idea: “En la naturaleza divina, Deidad eterna, conoceré la naturaleza mía”» (Centesimus annus, 55ª).
Ahora bien, ¿cuál es la importancia de la familia?, ¿por qué es tan importante la defensa de la institución familiar?
Dice Juan Pablo II: « La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre “nace”y “crece”. Se ha de reservar a esta comunidad una solicitud privilegiada, sobre todo cada vez que el egoísmo humano, las campañas antinatalistas, las políticas totalitarias, y también las situaciones de pobreza y de miseria física, cultural y moral, además de la mentalidad hedonista y consumista, hacen cegar las fuentes de la vida, mientras las ideologías y los diversos sistemas, junto a formas de desinterés y desamor, atentan contra la función educativa propia de la familia. Urge, por tanto, una labor amplia, profunda y sistemática, sostenida no sólo por la cultura sino también por medios económicos e instrumentos legislativos, dirigida a asegurar a la familia su papel de lugar primario de «humanización» de la persona y de la sociedad» (Christifideles laici, 40)
Por lo tanto, tan importante es la vinculación de la familia con la sociedad que se puede concluir que la vida y la calidad de la sociedad están ligadas al ser y existir de la familia. Y esto es así porque la persona será tal y como sea la familia.
El 2 de febrero de 1994, Juan Pablo II publicaba la Carta a las familias, allí decía: «A través de la familia discurre la historia del hombre, la historia de la salvación de la humanidad. He tratado de mostrar en estas páginas cómo la familia se encuentra en el centro de la gran lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el amor y cuanto se opone al amor».
En la Sagrada Familia de Nazaret, «por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas». Por lo tanto, el hogar de Nazaret es la respuesta auténtica a la pregunta de cómo tiene que ser la familia para que sea garantía de bien para la persona y la sociedad. Es a esa familia a la que han de pertenecer en su ser y en su hacerse todas las familias de la humanidad para que en ellas se construya el hombre, que luego construirá la sociedad.
En conclusión: A través, pues, de la familia discurre la historia de la salvación de la humanidad: entre los numerosos caminos de la Iglesia para salvar al hombre, «la familia es el primero y el más importante» dice Juan Pablo II en la Carta a las familias, n. 2.
Familia y matrimonio
Pero la familia y el matrimonio son instituciones diferentes. Aunque están tan estrechamente relacionadas que, si se separan, una y otra se desvanecen.
La familia sin matrimonio, aquella familia que no tiene origen en el matrimonio, da lugar a formas de convivencia –los distintos tipos de poligamia, uniones de hecho, matrimonios a prueba- que nada tienen que ver con la institución familiar y no asegura la formación de la persona en su plenitud.
Y viceversa, el matrimonio que no se orienta a la familia conduce a la negación de una de sus características más radicales –la indisolubilidad- y se sustrae de la primera y más fundamental de sus finalidades: la procreación y educación de los hijos.
De todos modos, como señala Juan Pablo II en la Homilía a las familias del 12-X-1980, n 5 es el matrimonio el que decide siempre sobre la familia tanto en la historia del hombre como en la historia de la salvación. De él, en efecto, recibe la familia su configuración y dinamismo.
Por ello el estudio de la familia debe aparecer siempre vinculado al estudio del matrimonio que es su origen (Gaudium et spes, n 48). Y este a su vez debe contemplarse en la perspectiva sacramental de misterio Pascual de salvación y de historia de salvación.
«Así es como la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros» (GS, 48).
II. El matrimonio
El matrimonio, realidad permanente y común a todas las culturas
El término matrimonio describe una realidad conocida por todos los pueblos y culturas que, con formas y manifestaciones diversas en las distintas épocas, está configurado siempre por unos rasgos comunes y permanentes:
«El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad (cf GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial» (Catecismo de la Iglesia 1603).
Como realidad histórico-cultural el matrimonio ha sido confiado a la libertad de los que se casan: de aquí deriva el ser de comienzo y se desarrollen matrimonios concretos, es decir, que un hombre y una mujer decidan libremente que surja o no un matrimonio o que este tenga unas maneras diversas de vivirse.
Pero a la vez es constante la convicción de que el matrimonio es una institución social: está determinada por unos elementos previos que transcienden la voluntad de los que se casan: es una institución y como se asume para la humanización del hombre, de esta unión depende unos bienes para la sociedad: social.
A pesar de esa diversidad en las formas institucionales culturales ha existido un fondo permanente y común de dignidad y grandeza. Sin duda este carácter sagrado del que viene rodeada esta institución se debe a la relación que guarda con el originarse de la vida.
Además para los cristianos el matrimonio es uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo. Sin perder ninguna de las riquezas que como realidad humana le corresponde es para los bautizados fuente y causa de gracia y es también el origen y fundamento de la familia sobre la que se edifica la Iglesia:
«La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar (GS 47,1)» (Catecismo de la Iglesia 1603).
III. Teología del matrimonio
Introducción: la razón de la mano de la fe
La realidad matrimonio puede enfocarse desde perspectivas distintas y por tanto ser objeto de diversas ciencias. Cuando se estudia desde la teología, la reflexión se sitúa en el marco de la historia de la salvación: ese misterio escondido en Dios por el que ha querido nuestra salvación y la ha querido contando con que naciéramos y viviéramos por el matrimonio. Lo que interesa es el logos (el ser, la verdad, la realidad) y el ethos (lo que debe ser) según lo desvelado por Dios cuando nos hace ver la historia de salvación a través de su Revelación histórica.
Se puede decir que la teología del matrimonio es la ciencia que, desde la razón iluminada por la fe, estudia el misterio salvador de Dios sobre el matrimonio en orden a descubrir cuál sea el estilo de vida que corresponderá vivir a los casados.
La fe considera las cosas desde la revelación del misterio salvador. Luego está la razón a la que corresponde descubrir la racionalidad del misterio del matrimonio conocido por la revelación. Pero en este caso – si se puede hablar así- la razón juega aquí un papel mayor que en otros campos de la teología, pues el matrimonio es una realidad humana y natural, hunde sus raíces en la humanidad del hombre y de la mujer.
Por ello hay que mirar a Dios y hay que mirar al hombre-mujer para conocer mejor lo que sea el matrimonio en su querer divino y en su existir humano.
Y así iremos como a fuentes primarias a la Escritura, a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia, como es propio de un estudio teológico.
La Sagrada Escritura nos revela por escrito el misterio del matrimonio. Hay textos a los que hay que acudir de modo decidido: los relatos de los comienzos y cómo quiso Dios que fuera la cosa matrimonial desde el principio (Gn 1, 26-28; 2, 21-25) la interpretación de esos textos por Cristo mismo (Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12; Lc 16, 18) de la vida matrimonial de los primeros cristianos (Ef 5, 22-33).
La Tradición de la Iglesia nos enseña cómo se ha ido viviendo y enseñando a vivir por los Santos Padres la realidad del matrimonio cristiano en las distintas épocas y cómo también ha habido una constante de sensus fidei y praxis. Entre todos los Padres destaca sobre todo san Agustín (+430), hasta tal grado que ha sido llamado el “doctor del matrimonio cristiano”
El Magisterio de la Iglesia ha hablado frecuentemente y de forma muy generosa de la dignidad de la institución matrimonial sobre todo en los últimos siglos, en los que a la pacífica posesión de la doctrina y praxis sobre aquella que se daban anteriormente, surgió una demoledora cultura y modos de vida que hicieron más necesaria la insistencia magisterial en sus distintas formas. Así hay que destacar:
La Encíclica Arcanum Divinae sapientiae, de León XIII, del año 1880.
La Encíclica Casti connubii, de Pío XI, del año 1930.
Los discursos de Pío XII a los esposos…
La Constitución Pastoral Gaudium et spes del C. Vaticano II.
La encíclica Humanae vitae de Pablo VI del año 1968.
La exhortación Familiaris consortio, de Juan Pablo II, año 1981.
Carta a las familias (Gratissimum sane) de Juan Pablo II, año 1994.
El Catecismo de la Iglesia Católica, de Juan Pablo II del 11 de octubre de 1992 trata de la institución matrimonial en dos lugares.
En esta clase nos centraremos en la Sagrada Escritura, acompañando las conclusiones con la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.
IV. La Sagrada Escritura
1. El Génesis: en el “principio” fue así
Como afirma Juan Pablo II: Es significativo que Cristo, en su respuesta a los fariseos, en la que se remite al “principio”, indica ante todo la creación del hombre con referencia al Génesis 1, 27: “El Creador al principio los creó varón y mujer”; sólo a continuación cita el texto del Génesis 2, 24 (Audiencia general sobre el Génesis del 19-9-1979).
La referencia al “principio” hecha por Cristo tiene gran fecundidad desde diversas perspectivas. Es sabido que la creación del hombre, varón y mujer, es narrada en el Génesis en dos relatos:
En uno se describe la creación del hombre y la mujer en un sólo acto, Gen 1, 26-28.31
«Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a su imagen, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.
Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra…».
En el otro, se procede a describir la creación por separado, primero del varón, después de la mujer, junto con muchos detalles antropológicos propios de un texto más antiguo: Gen 2, 7.18-24.
«Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente… Dijo luego Yahveh Dios: No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.
Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera…
Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne.De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre.
Entonces éste exclamó: Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y serán una sola carne».
Los frescos de Miguel Angel de la bóveda de la Capilla Sixtina nos ilustran estos pasajes y entre ellos el debatido de la creación por pasos de ambos y de la mujer de la costilla del hombre en sopor es abordado por Juan pablo II en su catequesis de los miércoles con una originalidad y riqueza sorprendentes:
«La afirmación de Dios-Yahvé “no es bueno que el hombre esté solo”, aparece no sólo en el contexto inmediato de la decisión de crear a la mujer (”voy a hacerle una ayuda semejante a él”), sino también en el contexto más amplio de motivos y circunstancias, que explican más profundamente el sentido de la soledad originaria del hombre (…). Ya a través de esto, se subraya la subjetividad del hombre, que encuentra una expresión ulterior cuando el Señor Dios “trajo ante el hombre (varón) todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo las llamaría” (Gen 2, 19). Así pues, el significado primitivo de la soledad originaria del hombre está definido a base de un “test” específico, o de un examen que el hombre sostiene frente a Dios (y en cierto modo también frente a sí mismo). Mediante este “test”, el hombre toma conciencia de la propia superioridad, es decir, no puede ponerse al nivel de ninguna otra especie de seres vivientes sobre la tierra.
En efecto, como dice el texto, “y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera” (Gen 2, 19). “Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; pero —termina el autor— entre todos ellos no había para el hombre (varón) ayuda semejante a él” (Gen 2, 19-20).
Toda esta parte del texto es sin duda una preparación para el relato de la creación de la mujer. Sin embargo, posee un significado profundo, aún independientemente de esta creación. He aquí que el hombre creado se encuentra, desde el primer momento de su existencia, frente a Dios como en búsqueda de la propia entidad; se podría decir: en búsqueda de la definición de sí mismo. Un contemporáneo diría: en búsqueda de la propia “identidad”».
2. Conclusiones: La creación del hombre, varón y mujer
De los dos relatos de la creación del “principio” se desprenden algunos elementos fundamentales sobre el matrimonio y la familia de los que podemos destacar:
• Dios, que es Amor y vive en si mismo un misterio de comunión personal de amor, ha creado al hombre varón y mujer, a su imagen y semejanza, es decir con la dignidad de persona, y por tanto como un ser capaz de amar y ser amado. Más aún, lo ha creado por amor y lo llama al amor, no a la soledad: esta es la “vocación fundamental e innata de todo ser humano
• Varón y mujer son iguales en su dignidad de personas y, a la vez, distintos: su condición sexuada –masculina y femenina— es condición de la persona entera, que da lugar a dos modos diversos, igualmente originarios, de ser persona humana
• Precisamente esa diversidad los hace complementarios: entre todas las criaturas vivientes solo el varón y la hembra se reconocen como ayuda adecuada el uno para el otro en cuanto personas como otro yo a quien es posible amar
• En virtud de esa complementariedad natural, la atracción espontánea entre varón y mujer puede convertirse por obra de su entrega mutua, en una unión tan profunda que hace de los dos «una sola carne», y por tanto es indivisible (como la propia carne, que no puede separarse sin mutilación) y exige fidelidad exclusiva y perpetua (no pueden ser ya otra carne, siendo una sola)
• Esa unión lleva aparejada la bendición divina de la fecundidad, como promesa y como misión conjunta del varón y la mujer hechos una sola carne por su elección y entrega reciproca.
Así pues, la dignidad personal del varón y de la mujer, y su consiguiente vocación al amor, encuentran una primera y fundamental concreción en el matrimonio: una comunión de amor fecunda, que —a semejanza del amor divino— se vuelca en dar la vida a otros y en cuidar del mundo, ámbito de la existencia humana.
De este modo, la unión conyugal es imagen visible —grabada en la misma naturaleza humana desde su origen— de la comunión de amor personal que se da en la vida intima de Dios, y del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Al mismo tiempo, y por la misma razón, es imagen de la realización plena de la vocación del hombre al amor, que culmina en la unión eterna con Dios.
3. El desorden introducido por el pecado
Después de mostrar la situación original de amistad con Dios y de armonía entre varón y mujer, con ausencia de todo mal, el libro del Génesis narra, en un lenguaje hecho de expresivas imágenes, el pecado original (Gen 2, 8-15), que tiene como consecuencia la ruptura de aquella armonía original en ambas direcciones: respecto a Dios y en las relaciones mutuas. Y la consiguiente proliferación del pecado en la vida de los hombres, a causa de la debilidad de la naturaleza humana caída
«Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana, aun sin estar totalmente corrompida, se halla herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al poder de la muerte, e inclinada al pecado. Esta inclinación al mal se llama concupiscencia» (Compendio, 77).
También este relato contiene elementos imprescindibles para la comprensión del matrimonio coma designio de Dios confiado a la libertad del hombre y, por eso, sometido a la falibilidad humana: Gen 2, 8-15
«Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores.
Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín.
Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Este contestó: Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.
El replicó: ¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer? Dijo el hombre: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí.
Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: ¿Por qué lo has hecho? Y contestó la mujer: La serpiente me sedujo, y comí…
A la mujer le dijo: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará».
4. Conclusiones del relato del pecado.
• Con el pecado, entra en la vida del hombre la experiencia dolorosa del mal, que se hace sentir en su propio corazón y en su entorno. El mal afecta también específicamente a las relaciones entre el varón y la mujer, y en consecuencia, a la veracidad de la imagen del amor de Dios que constituye su unión conyugal.
• Ese desorden, aunque sus efectos puedan percibirse como algo normal en la propia vida y en el clima social, no es lo natural: no se origina en la naturaleza humana, sino en el pecado. La ruptura de aquella comunión original entre varón y mujer es la consecuencia primera de la ruptura del hombre con Dios.
• Concretamente, las relaciones entre varón y mujer sufren tensiones y distorsiones derivadas del desorden fundamental de la soberbia egoísta (que incapacita especialmente para el don generoso de si mismo y para la comunión personal), y se ven amenazadas por la concupiscencia, el espíritu de dominio posesivo, el deseo arbitrario, el agravio reciproco, el temor y la debilidad, la discordia y la infidelidad.
• Esto hace que, en la situación de la naturaleza humana caída, la realización del amor conyugal conforme a la verdad de su origen no pueda darse ya sin lucha y esfuerzo, apoyados en la ayuda del Señor: “a causa del estado pecaminoso contraído después del pecado original, varón y mujer deben reconstruir con fatiga el significado del recíproco don desinteresado”
Así pues, el matrimonio, como el propio ser humano, queda oscurecido y gravemente perturbado por las heridas del pecado: esto explica las deformaciones y los errores, teóricos y prácticos, que se han dado —y se dan— en la vida de los hombres respecto a la naturaleza, propiedades y fines de la unión conyugal.
Pero —del mismo modo que el ser humano— el matrimonio no pierde totalmente su valor y significado genuinos, porque, a pesar de las consecuencias del pecado, la verdad de la creación, subsiste profundamente arraigada en la naturaleza humana. Precisamente por esto, en todas las épocas, las personas de buena voluntad se sienten íntimamente inclinadas a no conformarse con cualquier versión deshumanizada de la unión entre varón y mujer. Y esa profunda connaturalidad con que el ser humano intuye y añora el verdadero sentido del amor al que está llamado—a pesar de las dificultades que experimenta— es lo que permite a Dios apoyarse en la imagen del matrimonio para darse a conocer a los hombres y realizar su plan de salvación.
5. El matrimonio, símbolo de la Alianza entre Dios e Israel
Después de la caída, lejos de abandonar al hombre, Dios sigue acompañándole con su misericordia, mientras va desarrollando paulatinamente su plan de salvación. Bajo la Ley Antigua, con una pedagogía llena de paciencia, va haciendo madurar progresivamente la conciencia de la verdadera naturaleza y de las exigencias del matrimonio, preparando los corazones endurecidos para aceptar un día íntegramente esa verdad:
«La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía prohibida de una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque ella lleve también, según la palabra del Señor, las huellas de “la dureza del corazón” de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio de la mujer (cf Mt 19,8; Dt 24,1)» (Catecismo, 1610).
«Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cf Os 1-3; Is 54.62; Jr 2-3. 31; Ez 16,62; 23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cf Mal 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión única del amor humano, en cuanto que éste es reflejo del amor de Dios, amor “fuerte como la muerte” que “las grandes aguas no pueden anegar” (Ct 8,6-7)» (Catecismo 1611).
Me parece que se puede decir más de la imagen esponsal.
6. El matrimonio, redimido por Cristo
La redención realizada por Cristo, al restaurar la imagen divina en la criatura humana, redime también el matrimonio: le devuelve, llevada a su perfección, la capacidad de ser imagen real del amor de Dios a los hombres.
Además, Jesús enseña expresamente en su predicación, de un modo nuevo y definitivo, la verdad originaria del matrimonio. El texto fundamental que ha meditado la Tradición de la Iglesia es esta conversación recogida en el Evangelio de San Mateo (capítulo 19):
«Se acercaron entonces a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle: —¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?
Él respondió: —¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Ellos le replicaron: —¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla? Él les respondió: —Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. 9Sin embargo, yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer —a no ser por fornicación— y se case con otra, comete adulterio.
Le dicen los discípulos: —Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse. —No todos son capaces de entender esta doctrina —les respondió él—, sino aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda».
Los fariseos, que buscan poner a Jesús en contradicción con la Ley de Moisés, dan muestras de una comprensión del matrimonio desvirtuada por la influencia del pecado y de la debilidad humana. Y la reacción asombrada de los propios discípulos ante esta enseñanza del Señor demuestra claramente hasta que punto estaba extendida esa conciencia. La “dureza de corazón”, consecuencia de la naturaleza caída, incapacitaba a los hombres para comprender íntegramente las exigencias de la entrega conyugal y para considerarlas realizables, por eso Dios, en su pedagogía gradual, tolero temporalmente algunas conductas erróneas. Pero llegada la plenitud de los tiempos, cuando el Hijo de Dios va a cumplir la obra de la redención, ha llegado también el momento de restaurar en la conciencia de los hombres la verdad del principio. Por lo tanto, el texto enseña que el matrimonio tiene como propiedades fundamentales la unidad y la indisolubilidad. Inscritas en la naturaleza humana, son propiedades que no se pueden alterar: no está en manos del hombre hacer que sea de otra manera.
Pero además, Cristo da la gracia y eleva el matrimonio a una realidad sobrenatural: «Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, [Jesús] da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre si sus cruces, los esposos podrán comprender el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo» (Catecismo 1615).
El hombre continua, ciertamente, afectado por las heridas del pecado, pero la Nueva Ley, a diferencia de la Ley Antigua, no solamente indica el bien que hay que hacer y el mal que hay que evitar, sino que, con la gracia ganada por Cristo en la Cruz, da la fuerza para obrar como hijos de Dios, liberando así de la esclavitud del pecado. Cristo “revela la verdad originaria del matrimonio, la verdad del “principio” y, liberando al hombre de la dureza de corazón, lo haré capaz de realizarla plenamente (Familiaris consortio, 13).
Pero la redención no solo restaura la significación natural originaria de la unión conyugal, sino que la perfecciona en el orden sobrenatural. Cristo, al elevar el matrimonio a la dignidad de sacramento, lleva a plenitud el significado que había recibido en la creación y bajo la Ley Antigua:
“esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana y en el sacrificio que Jesucristo hace de si mismo en la cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se desvela enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del hombre y de la mujer desde su creación. El matrimonio de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna alianza, sancionada con la sangre de Cristo. El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que esta ordenado interiormente: la caridad conyugal, que es el modo propio y especifico con que los esposos participan y están Llamados a vivir la misma caridad de Cristo, que se dona sobre la cruz” (Familiaris consortio, 13).
También es importante la presencia de Cristo en las bodas de Caná: «En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo -a petición de su Madre- con ocasión de un banquete de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo» (Catecismo 1613).
La Iglesia ha reconocido siempre como un gesto de gran trascendencia la presencia de Jesús en las bodas de Cana, y el hecho de que, a instancias de su Madre, realizara su primer milagro precisamente en esa ocasión. De este modo, Cristo confirma la bondad del matrimonio y anuncia que, en lo sucesivo, Serra un signo eficaz de su presencia salvadora.
El texto de Ef 5,21.28-33; El pasaje forma parte del texto paulino sobre la moral familiar y, más particularmente, matrimonial (Ef 5,22-33). Los vv. 29-33 tratan de las razones o motivos que fundamentan las relaciones y deberes recíprocos entre el marido y la mujer, razones que se resumen en la significación que encierra la unidad que han venido a constituir por el matrimonio: El matrimonio de los cristianos convierte a los esposos en participación del amor de Cristo por la Iglesia.
V. Conclusiones.
1. El amor conyugal asumido por el amor divino
El amor conyugal es el amor que se da entre un hombre y una mujer, en tanto que son y porque son personas distintas y sexualmente complementarias. Son tres notas las que definen necesariamente ese amor: a) originarse a partir de la alianza matrimonial; b) ser eminentemente humano; y c) comprometer la dimensión sexual.
Como consecuencia de la inserción del vínculo matrimonial en la comunión de amor de Cristo y de la Iglesia, el amor de los esposos está dirigido a ser imagen y representación real del amor de Cristo redentor. Éste no pierde ninguna de las características que le son propias, en cuanto realidad humano-creacional. Pero a la vez, se produce en él una verdadera transformación, que consiste en una re-creación y elevación sobrenatural y no sólo en la atribución de una nueva significación.
Por otro lado, se debe recordar que la asunción y transformación del amor matrimonial en el amor divino no es transitoria. Como tampoco lo es la inserción del vínculo matrimonial en la alianza de Cristo y la Iglesia. Se concluye, por eso, que en el amor de Cristo por la Iglesia, los esposos cristianos han de encontrar siempre el modelo y la norma de su mutua relación. Ese amor de Cristo es a la vez fuente del amor de los esposos que les ayuda a superar con éxito las dificultades que se puedan presentar. Es también el motivo por el que pueden siempre crecer en su amor, ya que siempre se es posible avanzar más en la identificación con el Señor.
Por ello, uno de los cometidos asignados por Dios al sacramento del matrimonio en relación con el amor conyugal es el de sanar, perfeccionar y elevar ese amor con el don especial de la gracia y de la caridad. De esta manera les es posible a los esposos cristianos superar todas aquellas situaciones en las que, debido al pecado de los orígenes, el amor matrimonial se ve amenazado.
La elevación al orden sobrenatural del amor conyugal, que mantiene íntegras todas las características de la condición humana de ese amor, constituye el punto de referencia necesario que los esposos cristianos deben tener siempre delante para consolidar, fortalecer y recuperar —en su caso— el genuino amor conyugal. Por eso mismo, se revela absolutamente indispensable poner los medios necesarios para custodiar, consolidar y acrecentar ese amor. Todos esos medios se pueden resumir en la vivencia de la virtud de la castidad matrimonial.
Además de producir el vínculo matrimonial, el sacramento del matrimonio es signo eficaz de la gracia, fuente de santificación para los esposos.
2. Realidad y características de la gracia del matrimonio.
Es doctrina de fe definida solemnemente en el Concilio de Trento que el sacramento del matrimonio es causa de la gracia en aquellos que lo reciben dignamente. La doctrina de la fe no especifica más. Pero es común en la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, y también en la teología, afirmar que la gracia conferida consiste en el aumento de la gracia santificante y también en el derecho a los auxilios necesarios para desempeñar la misión propia del matrimonio.
Como sacramento de la Nueva Ley, el matrimonio no sólo es símbolo de una realidad invisible; ante todo es una acción de Cristo por la que el hombre y la mujer participan de la vida divina: en su matrimonio se da un encuentro singular y personal con Cristo, que —con las debidas disposiciones— significa y produce la gracia.
—Aumento de la gracia santificante, y del cortejo de dones y virtudes que la acompañan. Es un efecto común a todos los sacramentos.
—La gracia sacramental propia. Como sacramento distinto a los demás, esa gracia tiene que ser específica. Y como la gracia de los sacramentos es siempre inserción y participación en el misterio de amor de Cristo y de la Iglesia, la gracia sacramental del matrimonio ha de consistir en una peculiar inserción y participación en ese misterio de amor.
El Concilio de Trento habla de la gracia del sacramento del matrimonio diciendo que está ordenada a perfeccionar el amor natural de los cónyuges, confirmar su indisoluble unidad y a santificarlos. El Catecismo de la Iglesia Católica, sin embargo, siguiendo al Concilio Vaticano II (GS 48), enriquece la perspectiva del Concilio de Trento suprimiendo la palabra “natural” de la expresión “amor natural”, a fin de evitar una interpretación “extrincisista” de la gracia en relación con la naturaleza humana.
Se trata, por tanto, de una gracia que tiene como finalidad hacerles capaces de vivir su unión según el modelo de la unión de Cristo con la Iglesia. Se puede decir que la gracia sacramental es una cualidad estable de la gracia santificante, orientada hacia el sentido y finalidad del matrimonio. Es, por tanto, una realidad sobrenatural y permanente, es decir, estable, que comporta el “derecho” a los auxilios sobrenaturales necesarios para vivir la finalidad del sacramento del matrimonio.
El vínculo conyugal que nace del mutuo consentimiento, sería la ratio dispositiva y exigitiva de la gracia. Éste es el cauce por el que se les confiere la gracia sacramental. El sacramento del matrimonio da la gracia, porque hace presente el misterio del amor de Cristo por la Iglesia; y la da por medio del vínculo conyugal porque a través de ese vínculo se hace presente el misterio del amor de Cristo por la Iglesia.
3. La familia, Iglesia doméstica.
Cristo quiso nacer en el seno de la Sagrada Familia. La Iglesia no es otra cosa que la Familia de Dios, y desde los orígenes de la Iglesia, las familias han sido islotes de vida cristiana en un mundo no creyente. Hoy las familias deben ser lo mismo, y los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno. Aquí es donde se pone de manifiesto principalmente el sacerdocio bautismal de los fieles de la familia. La Iglesia doméstica se convierte así en comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana.
Al crear al hombre y a la mujer Dios instituyó la familia y la dotó de una constitución fundamental. Implica y entraña una diversidad de miembros que sin embargo, constituye una autentica comunidad de personas.
Entre la familia y la sociedad existe una relación tan estrecha que se puede afirmar la sociedad será lo que sea la familia. Porque en ultima instancia, el hombre será lo que sea la familia.
Una de las claves para penetrar en la relación familia-Iglesia es la consideración de la familia como Iglesia domestica. Sirve además para acercarse a la identidad y misión de la familia cristiana. A redescubrir esta figura y seguir este camino, en la identificación del ser y existir de la familia, ha contribuido grandemente el Concilio Vaticano II y de manera muy particular la exhortación Apostólica Familiaris Consortio.

Caso I: La habitación de Marvin

CLASE I: Fundamentación histórica, filosófica y antropológica

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I. Introducción: Cuatro ejemplos sobre la situación actual
a) Desde la IV Conferencia Mundial de la ONU sobre la Mujer, realizada en septiembre de 1995 en Pekín, la «perspectiva de genero» ha venido extendiéndose vertiginosamente: la ex diputada del Congreso de los Estados Unidos, Bella Abzug fue la que con más pasión defendió el uso de la expresión: «El sentido del término género ha evolucionado, diferenciándose de la palabra sexo para expresar la realidad de que la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambio». Afirmó, además, que «no existe un hombre natural o una mujer natural, que no hay conjunción de características o de una conducta exclusiva de un solo sexo, ni siquiera en la vida psíquica». Así, «la inexistencia de una esencia femenina o masculina nos permite rechazar la supuesta superioridad de uno u otro sexo, y cuestionar en lo posible si existe una forma natural de sexualidad humana».
b) Palabras de dos dirigentes del movimiento gay americano, escritas hace 24 años, en las que describían una trayectoria que aplicaron con fría, helada pulcritud:
- Insensibilizar y normalizar: “Casi cualquier comportamiento empieza a parecer normal si se satura al público (...) El modo de entumecer la sensibilidad espontánea hacia la homosexualidad es que haya mucha gente que hable mucho sobre el tema en términos neutrales o favorables (...) Lo principal es hablar de lo ´gay´ hasta que el tema llegue a resultar tremendamente aburrido.”
- Presentarse como víctimas: “Hay que presentar a los ´gays´ como víctimas y no como revolucionarios agresivos (...) como víctimas necesitadas de amparo (...) debemos vencer la tentación de hacer alarde de nuestro ´orgullo gay´ cuando esto entre en conflicto con la imagen del ´gay´ como víctima.”
- Satanizar a los defensores de la familia: “Podemos minar la autoridad moral de las iglesias homófobas presentándolas como retrógradas y anticuadas, desfasadas con los tiempos y con los últimos descubrimientos de la psicología (...) En una fase posterior habrá que arremeter contra los que todavía se opongan. Hablando claro: hay que vilipendiarlos (...) cambiar su arrogancia en sentimiento de vergüenza y de culpa por ser homófobos (...) presentar al público imágenes de homófobos que tengan rasgos desagradables: Ku Klux Klan, pastores fanáticos, punkies, matones, neonazis..".
(Extraído del artículo publicado en Aceprensa (56/99) por Michael Medved. Las citas las toma el autor de la estrategia diseñada en 1984 en una revista ´gay´ por dos dirigentes de este movimiento: “Waging peace: A Gay Battle Plan to Persuade Straight America”).
c) Respuesta a la Manifestación de las familias en Madrid: “La familia sí importa”. José Blanco en declaraciones a Onda Cero ha dicho que se trató de «un acto del Partido Popular presidido por unos cardenales»(sic). Asimismo, el dirigente socialista, ha acusado a la jerarquía eclesiástica de «querer hacer una intromisión directa en la campaña electoral». Y se permitió añadir que «la actuación de la jerarquía provoca en muchos cristianos, entre ellos él, ganas de borrarse» (sic).
d) Educación para la ciudadanía. Ejemplo del manual de la editorial Octaedro que se usa en varias escuelas para alumnos de 3º y 4º ESO.
“Pretendemos formar al alumno en ‘civismo’, entendido como un conjunto de valores morales y una apuesta por un modelo concreto de sociedad humana que iremos explorando a lo largo de nuestro programa”. “Hemos querido hacer patente desde el encabezamiento nuestro interés por el cambio de actitudes”.
Sobre la familia:
Tiene un grave problema de terminología, y además afronta el tema desde un lugar equivocado: Cuenta con un epígrafe específico dedicado a “Los distintos tipos de familia” (pág. 11) dentro del tema “Sexualidad y afectividad”. Los temas “La homosexualidad” (pág. 23) y “La conquista de los derechos de la mujer” (pág. 73) también tratan asuntos que tienen que ver con la familia.
Dice: “En nuestra sociedad ese núcleo [de familias nucleares, extensas y monoparentales] se ha ampliado y hay familias de personas homosexuales, ya sea de dos hombres o de dos mujeres, que pueden tener descendencia” (pág. 11).
Tras una definición reduccionista de matrimonio (“ritual social que compromete y define públicamente la familia”), el texto advierte que “en nuestra sociedad existe la posibilidad de matrimonios entre personas de distinto sexo y entre personas del mismo sexo” (pág. 11).
Niega el valor social de las familias fundadas en el matrimonio: “Al mismo tiempo hay familias que no han pasado por el ritual del matrimonio pero que cumplen las misma funciones. Este modelo familiar se llama parejas de hecho” (pág. 11).
Reduce el papel de los padres en la educación, por dos vías. En primer lugar, por la vía del ocultamiento: los padres son los grandes desaparecidos del texto. En segundo, por la vía de la rebaja expresa de su papel y de su autoridad. Por ejemplo: el texto califica como “intimidación” los siguientes supuestos, entre otros (pág. 10): “El padre de un chico de 14 años entra en su habitación sin llamar antes a la puerta”; “Una madre inspecciona las cosas de su hijo/a para comprobar si fuma”; o “Los padres de alguien de 15 años salen de copas durante las fiestas por la misma zona por donde sale su hijo/a con los amigos (si van a ‘patrullar’ deliberadamente para controlar a sus hijos)”.
Conclusión:
- Benedicto XVI a principios de año: «Por tanto, quien obstaculiza la institución familiar, aunque sea inconscientemente, hace que la paz de toda la comunidad, nacional e internacional, sea frágil, porque debilita lo que, de hecho, es la principal ‘agencia’ de paz. Éste es un punto que merece una reflexión especial: todo lo que contribuye a debilitar la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta su disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino de la paz. (…) Cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia en estos campos, se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz».
- Chesterton decía que entre las instituciones atacadas de manera nada inteligente «está la creación humana fundamental: la familia. Y es atacada –seguía diciendo- no porque la gente la entienda, sino porque no la entiende en absoluto. Le dan golpes a ciegas, sin pensar un momento por qué fue levantada.” (…) “Es la estructura social de la humanidad, mucho más vieja que toda su documentación histórica, y más universal que cualquiera de sus religiones. Por eso, todos los intentos de alterarla son engaño y estupidez».

II. Desarrollo: ¿Está la familia en crisis?
a) Una premisa: la cuestión terminológica
Quizás habría que empezar aclarando qué se entienda por familia tradicional. Porque algunos oponen la familia tradicional a la familia nuclear moderna y otros a los llamados nuevos modelos de familia.
La familia tradicional no es la integrada por un padre, una madre y los hijos de ambos (¡ésa es la familia sin más!), sino la familia agraria y patriarcal, en la que el grupo prevalece sobre el individuo.
La familia moderna es más intimista y afectiva, en la que el individuo suele primar sobre el grupo. Ésta es una apreciación importante: no nos podemos dejar manipular por el lenguaje: ¡mi familia no es tradicional! Es simplemente familia.

Los que defienden “nuevas formas de familia” dicen que la familia no está en crisis, sino todo lo contrario que se está enriqueciendo con nuevas formas. Por lo tanto, negar que la familia esté en crisis es muy peligroso.
Podemos señalar tres ámbitos en el que se puede ver la crisis que afecta a la familia:
- Privatización de la familia: el individuo ha desplazado a la familia y el estado moderno garantiza los derechos de las personas con independencia de su ámbito. Se dice: si usted quiere tener familia, es una decisión personal que no afecta al ámbito público.
- Inestabilidad de la familia: separaciones, escisiones, divorcios, falta de compromiso familiar.
- Debilitamiento de sus contornos naturales: los llamados “nuevos modelos de familia”, que ni son “modelos” ni son “nuevos”. Lo nuevo es su institucionalización y su legalización.
b) Otra premisa: es una cuestión que nos afecta.
No se puede aceptar el argumento clásico de que “si a ti no te afecta, qué más te da, déjalos a los pobrecillos”, aunque sólo sea, sin entrar en mayores profundidades, porque el bien, como el mal, son universales y se difunden y el derecho tiene un efecto pedagógico indudable y fuerza de conformar a la sociedad, que fácilmente confunde lo lícito con lo moral.
Asumido que hay una crisis de la familia, la siguiente pregunta que podemos hacernos es:
c) ¿Es novedosa esta crisis?
Ciertamente, no en su procedencia; ni en el fondo, aunque sí en las formas, en el alcance y en la rapidez. Lo explica Mary Anne Glendon cuando afirma que los cambios que se pretenden, se experimentan (en el sentido estricto del término) o se producen en torno a la familia han sido «generalizados, profundos y repentinos».
Cuando digo que la crisis no es novedosa me refiero a que parece ser la confluencia de diversas corrientes de pensamiento bien conocidas y estudiadas (muchas de ellas ya experimentadas social e históricamente con estrepitosos fracasos) que van y vuelven.
d) Análisis de las corrientes que originan de esta crisis:
- La antropología evolucionista.
Descripción: En la elaboración del ideal materialista, Engels considera que la humanidad no surgió con la familia, sino que los hombres primitivos vivían en hordas que no conocían la relación entre acto sexual y nacimiento, de modo que cuidaban comunitariamente de sus niños sin saber quién era el padre, pues vivían en comuna promiscua; un buen día, el varón, que ya había aprendido a domesticar animales, decidió domesticar a su esposa e hijos, y ahí surgió la familia.
Consecuencia general: La familia no tiene, pues, unos perfiles antropológicos específicos ni unas bases invariables, sino que va evolucionando con la historia sin que ningún elemento pueda considerarse esencial.
Consecuencia inmediata: Esta ideología está detrás de los llamados nuevos modelos de familia (nada hay fijo que no pueda variarse). Además, anulados o debilitados algunos elementos esenciales, como la filiación, es más fácil volver al Papá-estado que todo lo provee, como la educación sexual en las escuelas, la Educación para la ciudadanía, etc. Esta ideología está también detrás de la concepción recogida, aunque mitigada, en nuestra LOE y en el Estatut, de la educación como servicio público titularidad del Estado y no de los padres.
Llevada al extremo ha dado lugar a estrepitosos fracasos bien conocidos en la sociología moderna: comunas protestantes s. XIX en USA, kibbutz.
- La sociología constructivista.
Descripción: Parte de Comte y se desarrolla en Durkheim y Weber. Sostiene que no existe una moral natural (actos que sean naturalmente buenos o malos) ni una verdad natural en el hombre, sino sólo una conciencia colectiva que se va desarrollando a través de la historia, con aciertos y errores que el mismo curso de la historia se ocupa de corregir. La sociología es, por lo tanto, quien construye la moral. Basta que se adquiera esa conciencia colectiva y ella misma se erige en su fundamento moral.
Consecuencia: Los Derechos Humanos, que se recogieron en 1948 a la vista de la aberración a que la conciencia colectiva y democrática llevó a todo un pueblo.
- El subjetivismo y sus distintas variantes.
Descripción: Hegel encumbró el momento del sentimiento. Nietzsche dio carta de naturaleza al instante, sólo importa el momento en que vivo, cualquier institución que dé estabilidad y vincule al hombre con su futuro ha de ser aniquilada: empezando por Dios; Hume asignó a la razón el papel de esclava de las pasiones: «la razón es, y sólo debe ser, la esclava de las pasiones, y no debe reivindicar ninguna otra función sino la de servirlas y obedecerlas».
Consecuencia: Alguna relación guardan estas ideologías con la inestabilidad familiar, el divorcio exprés, la píldora del día siguiente, la publicidad que apela sólo a las pasiones…
- Libertinismo, feminismo radical y homosexualismo político.
Arranca en los siglos XVI y XVII con una conducta más frívola que especulativa, en que algunos libertinos buscaban y propagaban la trivilización de la relación sexual, como si el sexo fuera un mero objeto y no un poderoso impulso que mueve a la persona; pero no se atrevieron a socavar la familia. Eso sí, se encumbraron modelos donjuanescos que tenían alguna gracia literaria o musical aunque fuera a costa de dejar tras de sí un rastro de desgracias y frustraciones humanas.
A partir de aquí comienza un camino guiado por una frivolidad huérfana de hondura antropológica:
El primer paso, el sexo sin amor, estaba dado por esos donjuanes disfrazados de pensadores que separaron sexualidad y compromiso en el varón; es decir, separación de la parte corporal y la parte espiritual en el amor entre un hombre y una mujer. Una cana al aire no es tan grave. Hay un dato biológico incontestable: el “problema” (el hijo) no es suyo, sino de ella.
El segundo estadio, el sexo sin hijos, también para la mujer (para solucionar el “problema” ocasionado por el primer paso). La planificación, la regulación de la maternidad no sería problema en el marco de una paternidad responsable, pero la rebelión femenina la encabezan los movimientos radicales, que quieren gozar de la misma “libertad”. El embarazo deja de verse como don y se ve como “problema”. Feminismo radical: ¿por qué he de ser yo madre mientras él puede elegir no ser padre? ¿Por qué yo tengo una hipoteca, un condicionamiento biológico y él no? Hay que forzar la naturaleza, no importan los límites; lo que la ciencia puede, yo lo puedo: pastillas, aborto, píldora del día siguiente, hasta abdicar en no pocos casos de la condición de madre (potencial), insisto, porque antes el varón abdicó como padre.
El tercer estadio, hijos sin sexo. Separados cuerpo y espíritu (sexo y amor), el hijo ya no es fruto del amor corporal de los esposos, sino un acto decisorio meramente intelectual, casi un derecho. Sólo es un problema técnico, cuando la ciencia lo permita. Además, mi cuerpo, mi sexualidad nada tendrá que ver: el hijo no es cosa de dos y perderá el lugar de acogida que la naturaleza le tenía reservado desde el origen: el útero materno. Individualismo masculino y femenino. Relativismo jurídico: el hijo es “un derecho”, “mi” derecho: no importa nacer en una familia y de un acto de amor entre los esposos.
El cuarto estadio género sin sexo: Aquí el lobby homosexual ve su oportunidad e se lanza. Si la relación sexual no exige compromiso (mi cuerpo no es yo mismo, la entrega de mi intimidad corporal no me compromete “personalmente”) y no genera hijos, ¿qué sentido tiene el sexo en el amor humano? Ninguno: es, más bien, una constricción, un condicionamiento biológico del que hay que liberarse. El homosexual y, sobre todo, el bisexual es un ser más elevado, más espiritual, porque es capaz de desprenderse de este condicionamiento. Fruto de esta corriente es el llamado matrimonio homosexual, la promoción de la bisexualidad o los niños elegidos a la carta.
e) ¿Verdad o libertad?
A finales de julio de 2005, en un mitin político, el Presidente del Gobierno español afirmó: «no os creáis aquello de que la verdad os hará libres, es la libertad la que os hará verdaderos».
¿Es esto así? Porque si la libertad es lo que en última instancia define al hombre por encima de ninguna otra condición, habrá que concluir que no hay nada mejor ni peor, sino que todo acto libre es bueno.

Y aquí está el quid de la cuestión: ¿es la libertad la que descubre la verdad del hombre o la verdad la que le conduce a la libertad? Si la libertad es la verdad última del hombre, en ella residirá nuestra felicidad.
Ejemplo: hay dos personas en la azotea de un rascacielos. Uno conoce una verdad que el otro desconoce: la ley de la gravedad, e intenta convencer a su compañero de que no se tire al vacío porque la fuerza de la gravedad le atraerá hacia el suelo a velocidad exponencial y se matará. El ignorante, sin embargo, despreciando aquella verdad y apreciando la ‘libertad’ de hacer lo que le viene en gana, se burla de la otra persona y le dice: «lo que pasa es que tú no eres libre como yo y no te atreves a hacer lo que deseas». Y va y, ejerciendo su supuesta libertad, rechaza la norma de la gravedad, y se tira; y, creyéndose libre, muere, esclavo de su ignorancia, perdiendo vida y libertad. Y yo pregunto: ¿Quién fue libre, el que sin más hacía su capricho o el que sabía lo que no tenía que hacer para seguir viviendo y disfrutando de su libertad? ¿Quién fue libre: el que vivió conforme a la verdad o el que murió sin saberlo a causa de la ignorancia de una libertad sin límites?
Pues esto que tan claro se ve con la verdad física, funciona exactamente igual con la verdad moral. Hay una verdad…, y existe el deber de buscarla si se quiere ser libres y alcanzar la felicidad.La felicidad se alcanza en la misma medida en que uno es y se empeña en ser lo que le corresponde-
III. ¿Qué es familia?
Desde luego no es una realidad fácil de definir, porque desde el punto de vista sociológico la convivencia familiar se ha estructurado de formas muy diferentes y desde el punto de vista de la trayectoria personal puede atravesar por circunstancias que inciden notablemente en su composición: hijos o no, número de hijos, fallecimientos, rupturas…
Resulta evidente es que hay una experiencia primigenia de la familia. Decimos que con el trato algo se nos hace familiar…, pero esa familiaridad simbólica o analógica evoca a una noción primera, originaria de familia que no debe confundirse con otras realidades de convivencia.
Para definir la familia utilizaremos las dimensiones de lo familiar que la fundamentan (seguiremos al autor D’Agostino, que en su obra «Elementos para una Filosofía de la Familia» distingue algunas dimensiones de lo familiar).
1. Carácter irremplazable de sus miembros.
Los miembros de una familia son irremplazables. Yo soy yo y el descubrimiento de mi auténtica identidad sólo podré hacerlo desde esta dimensión. Hay un elemento indiscutible que se ha encontrado en todas las formas familiares a lo largo de la historia y que destacó con fuerza Lèvy-strauss: el tabú del incesto. En todas las sociedades y grupos familiares, hasta en los más primitivos, se han prohibido las relaciones incestuosas, que, al cabo, no son sino la usurpación de roles familiares impropios (yo no puedo ser el marido de mi madre porque yo soy yo y no mi padre).
2. Identidad sexual.
La ilusión de inmortalidad y omnipotencia es constante en la humanidad, y existe (el psicoanálisis lo ha estudiado) una pulsión hacia la bisexualidad que amenaza (como lo hace la pulsión del orgullo y la soberbia), en algún período del desarrollo humano, con presentar esta opción como lo más omnipotente, lo más espiritual, puesto que permite desvincularse del condicionamiento sexual biológico (esta es la tesis más radical de la ideología de género).
En la familia, el hombre descubre quién es, descubre que su yo procede de un hombre y una mujer que se han necesitado mutua y complementariamente para procrearle, y comprende ‘naturalmente’, sin necesidad de reflexión, que él no es una totalidad, sino una polaridad, encauzando su sexualidad hacia el sexo que le complementa.
La sexualidad es una dimensión esencial que traspasa la persona en su unidad de cuerpo y espíritu. Más que una facultad, se trata de una dimensión que la configura en la diversidad de sus facultades, y condiciona profundamente su existencia como varón o como mujer.
Dice Aquilino Polaino: «La persona humana, en tanto que realidad encarnada y sexuada, obviamente, no es libre respecto de las determinaciones biológicas que le confieren su identidad de género. Por consiguiente, el hombre será libre de asumir o no lo que es (lo que está llamada a ser); pero ahí comienza y ahí acaba también su libertad respecto del sexo».
Se “es” hombre o mujer, no se “deviene” hombre o mujer como resultado de la cultura. Para la teoría del género, por el contrario, más allá de una vertiente somática indiscutible, el resto de las dimensiones personales son el producto de las influencias que las personas reciben, hasta el punto de que podría afirmarse –en las vertientes más radicales- que las personas no nacen (en el sentido profundo del término) hombres o mujeres, sino que se hacen, que devienen tales por influjo de la sociedad y de la cultura que, además, actúa con frecuencia de manera represiva imponiendo identidades sexuales no deseadas e incluso opuestas a los deseos profundos de los sujetos. Pero si se observa esta cuestión con atención, se llega a la curiosa conclusión de que, en realidad, la teoría del género (en sus formulaciones extremas) consiste precisamente en la manipulación cultural que denuncia.
3. Progenitorialidad o fecundidad.
No se trata de mera generación, sino paternidad y maternidad en el origen (concepción) y en el desarrollo (dar la vida y cultivarla: procrear y educar), y hacerlo de manera equilibrada, con los dos códigos: el paterno y el materno.
4. Fraternidad.
La fraternidad es el origen de la reciprocidad y de la solidaridad social, porque cuando la fraternidad se desvincula e independiza de la anterior dimensión, la progenitorialidad, deriva en fría competitividad.
Como dice Eibl Eibesfeldt: «Quien no ha alimentado dentro de sí los lazos familiares, tampoco conseguirá más tarde que se despierte el amor hacia la sociedad. Por el contrario, quien ha aprendido a amar a sus padres y hermanos, puede también más tarde amar a una colectividad».
5. Matrimonialidad.
Sólo el matrimonio garantiza la “familiaridad” en el tiempo. El hijo lo es en relación a que su padre es “de” y “con” su madre, y el hijo es para siempre en esa relación, por más que ellos la separen. La proyección, el carácter estable y definitivo del matrimonio, irrevocable, como todo amor, es dimensión esencial para garantizar el desarrollo cabal de lo humano, porque la persona humana es para siempre.
Y hay que entender bien qué es la matrimonialidad, que exige, como afirma Robert P. George: más allá del compartir la vida de forma comprensiva y a todos los niveles, la unión corporal, biológica de los esposos. Y no cualquier unión, sino una unión conyugal mediante actos procreativos por naturaleza, en los que un hombre y una mujer, comprometidos el uno con el otro, consuman su matrimonio como la unión de una sola carne. Es por eso que no puede existir un matrimonio entre tres o más personas, por muy afectuosos que sean los unos con los otros o por muy comprometido que el grupo pueda estar, porque su unión, como la unión homosexual, por más que pueda reforzar el lazo emocional no puede unir plenamente a la pareja sexual de forma conyugal.
De todos modos, la esencia de esta dimensión es el compromiso. Y carecen de esta dimensión las uniones de hecho (inestables por definición, pues no aceptan el compromiso), las soluciones divorcistas, etc.
IV. Conclusión: ¿Puede darse un concepto, una definición de familia?
La define Altarejos como comunidad originaria de personas; es decir, personas que, desde el origen y por su origen en la vida, se unen, se ponen en común, haciendo de sí mismas recíproca y amorosamente la tarea esencial de su vida.
Se ha hablado también de ámbito, el único ámbito donde se nace, se crece y se muere como persona, es decir, como principio y término de amor ¿Cómo nos gustaría a cualquiera de nosotros imaginar nuestra concepción, nuestro nacimiento sino como un acto de amor de nuestros padres, y nuestro crecimiento sino como un flujo de don y aceptación continuas, y nuestra muerte sino rodeados de aquellos a quienes más amamos?: he ahí a la familia.
Por lo tanto, podríamos sintetizar que la familia «es una comunidad de vida y amor».
Debemos recalcar que la familia, es una «realidad antropológica exigida por la constitución del ser humano»: el camino de humanización que la naturaleza ha pensado para que la biología humana se trascienda a sí misma y se haga cultura, para que el espíritu alumbre nuestro cuerpo, tan necesitado cuando nace, es «la realidad originaria en que emerge lo específicamente humano» (Aurora Bernal).
Por esta razón, la familia es el origen de la persona y la fuente de su identidad personal, y la sociedad nace con la familia y muere con la familia. Sólo en la familia el hombre se encuentra como sujeto que da y recibe, como principio y término de amor, y por eso el hombre necesita más la familia cuanto más perfecto es, puesto que su perfección consiste en amar y la familia es el lugar del amor.

Temario

1. Fundamentación histórica, filosófica y antropológica
2. Fundamentación teológica.
3. La educación de los hijos.
4. La misión de la familia.
5. Caso práctico