Clase 2: Fundamentación teológica de la familia.
I. Introducción
Si empezamos a leer la Familiaris consortio, nos encontramos unas primeras páginas que se dedican a la descripción de la situación actual. Como un conjunto de luces y sobras que sobrevuelan la institución familiar. Aunque hayan pasado más de 25 años desde su publicación, nos damos cuenta de su actualidad, y también del carácter profético que tuvo en su tiempo.
La perspectiva teológica desde la que, en esta clase, analizamos a la familia, no significa que tenga menos importancia, o que sea secundaria. De hecho, aunque lo abordemos en la segunda clase y después de una fundamentación más filosófica-antropológica, este enfoque tiene más fundamento y más verdad que el anterior: porque
«La Iglesia conoce el sentido del hombre gracias a la Revelación divina. “Para conocer al hombre, el hombre verdadero, el hombre integral, hay que conocer a Dios”, decía Pablo VI, citando a continuación a Santa Catalina de Siena, que en una oración expresaba la misma idea: “En la naturaleza divina, Deidad eterna, conoceré la naturaleza mía”» (Centesimus annus, 55ª).
Ahora bien, ¿cuál es la importancia de la familia?, ¿por qué es tan importante la defensa de la institución familiar?
Dice Juan Pablo II: « La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre “nace”y “crece”. Se ha de reservar a esta comunidad una solicitud privilegiada, sobre todo cada vez que el egoísmo humano, las campañas antinatalistas, las políticas totalitarias, y también las situaciones de pobreza y de miseria física, cultural y moral, además de la mentalidad hedonista y consumista, hacen cegar las fuentes de la vida, mientras las ideologías y los diversos sistemas, junto a formas de desinterés y desamor, atentan contra la función educativa propia de la familia. Urge, por tanto, una labor amplia, profunda y sistemática, sostenida no sólo por la cultura sino también por medios económicos e instrumentos legislativos, dirigida a asegurar a la familia su papel de lugar primario de «humanización» de la persona y de la sociedad» (Christifideles laici, 40)
Por lo tanto, tan importante es la vinculación de la familia con la sociedad que se puede concluir que la vida y la calidad de la sociedad están ligadas al ser y existir de la familia. Y esto es así porque la persona será tal y como sea la familia.
El 2 de febrero de 1994, Juan Pablo II publicaba la Carta a las familias, allí decía: «A través de la familia discurre la historia del hombre, la historia de la salvación de la humanidad. He tratado de mostrar en estas páginas cómo la familia se encuentra en el centro de la gran lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el amor y cuanto se opone al amor».
En la Sagrada Familia de Nazaret, «por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas». Por lo tanto, el hogar de Nazaret es la respuesta auténtica a la pregunta de cómo tiene que ser la familia para que sea garantía de bien para la persona y la sociedad. Es a esa familia a la que han de pertenecer en su ser y en su hacerse todas las familias de la humanidad para que en ellas se construya el hombre, que luego construirá la sociedad.
En conclusión: A través, pues, de la familia discurre la historia de la salvación de la humanidad: entre los numerosos caminos de la Iglesia para salvar al hombre, «la familia es el primero y el más importante» dice Juan Pablo II en la Carta a las familias, n. 2.
Familia y matrimonio
Pero la familia y el matrimonio son instituciones diferentes. Aunque están tan estrechamente relacionadas que, si se separan, una y otra se desvanecen.
La familia sin matrimonio, aquella familia que no tiene origen en el matrimonio, da lugar a formas de convivencia –los distintos tipos de poligamia, uniones de hecho, matrimonios a prueba- que nada tienen que ver con la institución familiar y no asegura la formación de la persona en su plenitud.
Y viceversa, el matrimonio que no se orienta a la familia conduce a la negación de una de sus características más radicales –la indisolubilidad- y se sustrae de la primera y más fundamental de sus finalidades: la procreación y educación de los hijos.
De todos modos, como señala Juan Pablo II en la Homilía a las familias del 12-X-1980, n 5 es el matrimonio el que decide siempre sobre la familia tanto en la historia del hombre como en la historia de la salvación. De él, en efecto, recibe la familia su configuración y dinamismo.
Por ello el estudio de la familia debe aparecer siempre vinculado al estudio del matrimonio que es su origen (Gaudium et spes, n 48). Y este a su vez debe contemplarse en la perspectiva sacramental de misterio Pascual de salvación y de historia de salvación.
«Así es como la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros» (GS, 48).
II. El matrimonio
El matrimonio, realidad permanente y común a todas las culturas
El término matrimonio describe una realidad conocida por todos los pueblos y culturas que, con formas y manifestaciones diversas en las distintas épocas, está configurado siempre por unos rasgos comunes y permanentes:
«El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad (cf GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial» (Catecismo de la Iglesia 1603).
Como realidad histórico-cultural el matrimonio ha sido confiado a la libertad de los que se casan: de aquí deriva el ser de comienzo y se desarrollen matrimonios concretos, es decir, que un hombre y una mujer decidan libremente que surja o no un matrimonio o que este tenga unas maneras diversas de vivirse.
Pero a la vez es constante la convicción de que el matrimonio es una institución social: está determinada por unos elementos previos que transcienden la voluntad de los que se casan: es una institución y como se asume para la humanización del hombre, de esta unión depende unos bienes para la sociedad: social.
A pesar de esa diversidad en las formas institucionales culturales ha existido un fondo permanente y común de dignidad y grandeza. Sin duda este carácter sagrado del que viene rodeada esta institución se debe a la relación que guarda con el originarse de la vida.
Además para los cristianos el matrimonio es uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo. Sin perder ninguna de las riquezas que como realidad humana le corresponde es para los bautizados fuente y causa de gracia y es también el origen y fundamento de la familia sobre la que se edifica la Iglesia:
«La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar (GS 47,1)» (Catecismo de la Iglesia 1603).
III. Teología del matrimonio
Introducción: la razón de la mano de la fe
La realidad matrimonio puede enfocarse desde perspectivas distintas y por tanto ser objeto de diversas ciencias. Cuando se estudia desde la teología, la reflexión se sitúa en el marco de la historia de la salvación: ese misterio escondido en Dios por el que ha querido nuestra salvación y la ha querido contando con que naciéramos y viviéramos por el matrimonio. Lo que interesa es el logos (el ser, la verdad, la realidad) y el ethos (lo que debe ser) según lo desvelado por Dios cuando nos hace ver la historia de salvación a través de su Revelación histórica.
Se puede decir que la teología del matrimonio es la ciencia que, desde la razón iluminada por la fe, estudia el misterio salvador de Dios sobre el matrimonio en orden a descubrir cuál sea el estilo de vida que corresponderá vivir a los casados.
La fe considera las cosas desde la revelación del misterio salvador. Luego está la razón a la que corresponde descubrir la racionalidad del misterio del matrimonio conocido por la revelación. Pero en este caso – si se puede hablar así- la razón juega aquí un papel mayor que en otros campos de la teología, pues el matrimonio es una realidad humana y natural, hunde sus raíces en la humanidad del hombre y de la mujer.
Por ello hay que mirar a Dios y hay que mirar al hombre-mujer para conocer mejor lo que sea el matrimonio en su querer divino y en su existir humano.
Y así iremos como a fuentes primarias a la Escritura, a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia, como es propio de un estudio teológico.
La Sagrada Escritura nos revela por escrito el misterio del matrimonio. Hay textos a los que hay que acudir de modo decidido: los relatos de los comienzos y cómo quiso Dios que fuera la cosa matrimonial desde el principio (Gn 1, 26-28; 2, 21-25) la interpretación de esos textos por Cristo mismo (Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12; Lc 16, 18) de la vida matrimonial de los primeros cristianos (Ef 5, 22-33).
La Tradición de la Iglesia nos enseña cómo se ha ido viviendo y enseñando a vivir por los Santos Padres la realidad del matrimonio cristiano en las distintas épocas y cómo también ha habido una constante de sensus fidei y praxis. Entre todos los Padres destaca sobre todo san Agustín (+430), hasta tal grado que ha sido llamado el “doctor del matrimonio cristiano”
El Magisterio de la Iglesia ha hablado frecuentemente y de forma muy generosa de la dignidad de la institución matrimonial sobre todo en los últimos siglos, en los que a la pacífica posesión de la doctrina y praxis sobre aquella que se daban anteriormente, surgió una demoledora cultura y modos de vida que hicieron más necesaria la insistencia magisterial en sus distintas formas. Así hay que destacar:
La Encíclica Arcanum Divinae sapientiae, de León XIII, del año 1880.
La Encíclica Casti connubii, de Pío XI, del año 1930.
Los discursos de Pío XII a los esposos…
La Constitución Pastoral Gaudium et spes del C. Vaticano II.
La encíclica Humanae vitae de Pablo VI del año 1968.
La exhortación Familiaris consortio, de Juan Pablo II, año 1981.
Carta a las familias (Gratissimum sane) de Juan Pablo II, año 1994.
El Catecismo de la Iglesia Católica, de Juan Pablo II del 11 de octubre de 1992 trata de la institución matrimonial en dos lugares.
En esta clase nos centraremos en la Sagrada Escritura, acompañando las conclusiones con la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.
IV. La Sagrada Escritura
1. El Génesis: en el “principio” fue así
Como afirma Juan Pablo II: Es significativo que Cristo, en su respuesta a los fariseos, en la que se remite al “principio”, indica ante todo la creación del hombre con referencia al Génesis 1, 27: “El Creador al principio los creó varón y mujer”; sólo a continuación cita el texto del Génesis 2, 24 (Audiencia general sobre el Génesis del 19-9-1979).
La referencia al “principio” hecha por Cristo tiene gran fecundidad desde diversas perspectivas. Es sabido que la creación del hombre, varón y mujer, es narrada en el Génesis en dos relatos:
En uno se describe la creación del hombre y la mujer en un sólo acto, Gen 1, 26-28.31
«Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a su imagen, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.
Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra…».
En el otro, se procede a describir la creación por separado, primero del varón, después de la mujer, junto con muchos detalles antropológicos propios de un texto más antiguo: Gen 2, 7.18-24.
«Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente… Dijo luego Yahveh Dios: No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.
Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera…
Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne.De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre.
Entonces éste exclamó: Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y serán una sola carne».
Los frescos de Miguel Angel de la bóveda de la Capilla Sixtina nos ilustran estos pasajes y entre ellos el debatido de la creación por pasos de ambos y de la mujer de la costilla del hombre en sopor es abordado por Juan pablo II en su catequesis de los miércoles con una originalidad y riqueza sorprendentes:
«La afirmación de Dios-Yahvé “no es bueno que el hombre esté solo”, aparece no sólo en el contexto inmediato de la decisión de crear a la mujer (”voy a hacerle una ayuda semejante a él”), sino también en el contexto más amplio de motivos y circunstancias, que explican más profundamente el sentido de la soledad originaria del hombre (…). Ya a través de esto, se subraya la subjetividad del hombre, que encuentra una expresión ulterior cuando el Señor Dios “trajo ante el hombre (varón) todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo las llamaría” (Gen 2, 19). Así pues, el significado primitivo de la soledad originaria del hombre está definido a base de un “test” específico, o de un examen que el hombre sostiene frente a Dios (y en cierto modo también frente a sí mismo). Mediante este “test”, el hombre toma conciencia de la propia superioridad, es decir, no puede ponerse al nivel de ninguna otra especie de seres vivientes sobre la tierra.
En efecto, como dice el texto, “y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera” (Gen 2, 19). “Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; pero —termina el autor— entre todos ellos no había para el hombre (varón) ayuda semejante a él” (Gen 2, 19-20).
Toda esta parte del texto es sin duda una preparación para el relato de la creación de la mujer. Sin embargo, posee un significado profundo, aún independientemente de esta creación. He aquí que el hombre creado se encuentra, desde el primer momento de su existencia, frente a Dios como en búsqueda de la propia entidad; se podría decir: en búsqueda de la definición de sí mismo. Un contemporáneo diría: en búsqueda de la propia “identidad”».
2. Conclusiones: La creación del hombre, varón y mujer
De los dos relatos de la creación del “principio” se desprenden algunos elementos fundamentales sobre el matrimonio y la familia de los que podemos destacar:
• Dios, que es Amor y vive en si mismo un misterio de comunión personal de amor, ha creado al hombre varón y mujer, a su imagen y semejanza, es decir con la dignidad de persona, y por tanto como un ser capaz de amar y ser amado. Más aún, lo ha creado por amor y lo llama al amor, no a la soledad: esta es la “vocación fundamental e innata de todo ser humano
• Varón y mujer son iguales en su dignidad de personas y, a la vez, distintos: su condición sexuada –masculina y femenina— es condición de la persona entera, que da lugar a dos modos diversos, igualmente originarios, de ser persona humana
• Precisamente esa diversidad los hace complementarios: entre todas las criaturas vivientes solo el varón y la hembra se reconocen como ayuda adecuada el uno para el otro en cuanto personas como otro yo a quien es posible amar
• En virtud de esa complementariedad natural, la atracción espontánea entre varón y mujer puede convertirse por obra de su entrega mutua, en una unión tan profunda que hace de los dos «una sola carne», y por tanto es indivisible (como la propia carne, que no puede separarse sin mutilación) y exige fidelidad exclusiva y perpetua (no pueden ser ya otra carne, siendo una sola)
• Esa unión lleva aparejada la bendición divina de la fecundidad, como promesa y como misión conjunta del varón y la mujer hechos una sola carne por su elección y entrega reciproca.
Así pues, la dignidad personal del varón y de la mujer, y su consiguiente vocación al amor, encuentran una primera y fundamental concreción en el matrimonio: una comunión de amor fecunda, que —a semejanza del amor divino— se vuelca en dar la vida a otros y en cuidar del mundo, ámbito de la existencia humana.
De este modo, la unión conyugal es imagen visible —grabada en la misma naturaleza humana desde su origen— de la comunión de amor personal que se da en la vida intima de Dios, y del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Al mismo tiempo, y por la misma razón, es imagen de la realización plena de la vocación del hombre al amor, que culmina en la unión eterna con Dios.
3. El desorden introducido por el pecado
Después de mostrar la situación original de amistad con Dios y de armonía entre varón y mujer, con ausencia de todo mal, el libro del Génesis narra, en un lenguaje hecho de expresivas imágenes, el pecado original (Gen 2, 8-15), que tiene como consecuencia la ruptura de aquella armonía original en ambas direcciones: respecto a Dios y en las relaciones mutuas. Y la consiguiente proliferación del pecado en la vida de los hombres, a causa de la debilidad de la naturaleza humana caída
«Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana, aun sin estar totalmente corrompida, se halla herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al poder de la muerte, e inclinada al pecado. Esta inclinación al mal se llama concupiscencia» (Compendio, 77).
También este relato contiene elementos imprescindibles para la comprensión del matrimonio coma designio de Dios confiado a la libertad del hombre y, por eso, sometido a la falibilidad humana: Gen 2, 8-15
«Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores.
Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín.
Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Este contestó: Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.
El replicó: ¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer? Dijo el hombre: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí.
Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: ¿Por qué lo has hecho? Y contestó la mujer: La serpiente me sedujo, y comí…
A la mujer le dijo: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará».
4. Conclusiones del relato del pecado.
• Con el pecado, entra en la vida del hombre la experiencia dolorosa del mal, que se hace sentir en su propio corazón y en su entorno. El mal afecta también específicamente a las relaciones entre el varón y la mujer, y en consecuencia, a la veracidad de la imagen del amor de Dios que constituye su unión conyugal.
• Ese desorden, aunque sus efectos puedan percibirse como algo normal en la propia vida y en el clima social, no es lo natural: no se origina en la naturaleza humana, sino en el pecado. La ruptura de aquella comunión original entre varón y mujer es la consecuencia primera de la ruptura del hombre con Dios.
• Concretamente, las relaciones entre varón y mujer sufren tensiones y distorsiones derivadas del desorden fundamental de la soberbia egoísta (que incapacita especialmente para el don generoso de si mismo y para la comunión personal), y se ven amenazadas por la concupiscencia, el espíritu de dominio posesivo, el deseo arbitrario, el agravio reciproco, el temor y la debilidad, la discordia y la infidelidad.
• Esto hace que, en la situación de la naturaleza humana caída, la realización del amor conyugal conforme a la verdad de su origen no pueda darse ya sin lucha y esfuerzo, apoyados en la ayuda del Señor: “a causa del estado pecaminoso contraído después del pecado original, varón y mujer deben reconstruir con fatiga el significado del recíproco don desinteresado”
Así pues, el matrimonio, como el propio ser humano, queda oscurecido y gravemente perturbado por las heridas del pecado: esto explica las deformaciones y los errores, teóricos y prácticos, que se han dado —y se dan— en la vida de los hombres respecto a la naturaleza, propiedades y fines de la unión conyugal.
Pero —del mismo modo que el ser humano— el matrimonio no pierde totalmente su valor y significado genuinos, porque, a pesar de las consecuencias del pecado, la verdad de la creación, subsiste profundamente arraigada en la naturaleza humana. Precisamente por esto, en todas las épocas, las personas de buena voluntad se sienten íntimamente inclinadas a no conformarse con cualquier versión deshumanizada de la unión entre varón y mujer. Y esa profunda connaturalidad con que el ser humano intuye y añora el verdadero sentido del amor al que está llamado—a pesar de las dificultades que experimenta— es lo que permite a Dios apoyarse en la imagen del matrimonio para darse a conocer a los hombres y realizar su plan de salvación.
5. El matrimonio, símbolo de la Alianza entre Dios e Israel
Después de la caída, lejos de abandonar al hombre, Dios sigue acompañándole con su misericordia, mientras va desarrollando paulatinamente su plan de salvación. Bajo la Ley Antigua, con una pedagogía llena de paciencia, va haciendo madurar progresivamente la conciencia de la verdadera naturaleza y de las exigencias del matrimonio, preparando los corazones endurecidos para aceptar un día íntegramente esa verdad:
«La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía prohibida de una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque ella lleve también, según la palabra del Señor, las huellas de “la dureza del corazón” de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio de la mujer (cf Mt 19,8; Dt 24,1)» (Catecismo, 1610).
«Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cf Os 1-3; Is 54.62; Jr 2-3. 31; Ez 16,62; 23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cf Mal 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión única del amor humano, en cuanto que éste es reflejo del amor de Dios, amor “fuerte como la muerte” que “las grandes aguas no pueden anegar” (Ct 8,6-7)» (Catecismo 1611).
Me parece que se puede decir más de la imagen esponsal.
6. El matrimonio, redimido por Cristo
La redención realizada por Cristo, al restaurar la imagen divina en la criatura humana, redime también el matrimonio: le devuelve, llevada a su perfección, la capacidad de ser imagen real del amor de Dios a los hombres.
Además, Jesús enseña expresamente en su predicación, de un modo nuevo y definitivo, la verdad originaria del matrimonio. El texto fundamental que ha meditado la Tradición de la Iglesia es esta conversación recogida en el Evangelio de San Mateo (capítulo 19):
«Se acercaron entonces a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle: —¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?
Él respondió: —¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Ellos le replicaron: —¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla? Él les respondió: —Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. 9Sin embargo, yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer —a no ser por fornicación— y se case con otra, comete adulterio.
Le dicen los discípulos: —Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse. —No todos son capaces de entender esta doctrina —les respondió él—, sino aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda».
Los fariseos, que buscan poner a Jesús en contradicción con la Ley de Moisés, dan muestras de una comprensión del matrimonio desvirtuada por la influencia del pecado y de la debilidad humana. Y la reacción asombrada de los propios discípulos ante esta enseñanza del Señor demuestra claramente hasta que punto estaba extendida esa conciencia. La “dureza de corazón”, consecuencia de la naturaleza caída, incapacitaba a los hombres para comprender íntegramente las exigencias de la entrega conyugal y para considerarlas realizables, por eso Dios, en su pedagogía gradual, tolero temporalmente algunas conductas erróneas. Pero llegada la plenitud de los tiempos, cuando el Hijo de Dios va a cumplir la obra de la redención, ha llegado también el momento de restaurar en la conciencia de los hombres la verdad del principio. Por lo tanto, el texto enseña que el matrimonio tiene como propiedades fundamentales la unidad y la indisolubilidad. Inscritas en la naturaleza humana, son propiedades que no se pueden alterar: no está en manos del hombre hacer que sea de otra manera.
Pero además, Cristo da la gracia y eleva el matrimonio a una realidad sobrenatural: «Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, [Jesús] da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre si sus cruces, los esposos podrán comprender el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo» (Catecismo 1615).
El hombre continua, ciertamente, afectado por las heridas del pecado, pero la Nueva Ley, a diferencia de la Ley Antigua, no solamente indica el bien que hay que hacer y el mal que hay que evitar, sino que, con la gracia ganada por Cristo en la Cruz, da la fuerza para obrar como hijos de Dios, liberando así de la esclavitud del pecado. Cristo “revela la verdad originaria del matrimonio, la verdad del “principio” y, liberando al hombre de la dureza de corazón, lo haré capaz de realizarla plenamente (Familiaris consortio, 13).
Pero la redención no solo restaura la significación natural originaria de la unión conyugal, sino que la perfecciona en el orden sobrenatural. Cristo, al elevar el matrimonio a la dignidad de sacramento, lleva a plenitud el significado que había recibido en la creación y bajo la Ley Antigua:
“esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana y en el sacrificio que Jesucristo hace de si mismo en la cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se desvela enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del hombre y de la mujer desde su creación. El matrimonio de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna alianza, sancionada con la sangre de Cristo. El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que esta ordenado interiormente: la caridad conyugal, que es el modo propio y especifico con que los esposos participan y están Llamados a vivir la misma caridad de Cristo, que se dona sobre la cruz” (Familiaris consortio, 13).
También es importante la presencia de Cristo en las bodas de Caná: «En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo -a petición de su Madre- con ocasión de un banquete de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo» (Catecismo 1613).
La Iglesia ha reconocido siempre como un gesto de gran trascendencia la presencia de Jesús en las bodas de Cana, y el hecho de que, a instancias de su Madre, realizara su primer milagro precisamente en esa ocasión. De este modo, Cristo confirma la bondad del matrimonio y anuncia que, en lo sucesivo, Serra un signo eficaz de su presencia salvadora.
El texto de Ef 5,21.28-33; El pasaje forma parte del texto paulino sobre la moral familiar y, más particularmente, matrimonial (Ef 5,22-33). Los vv. 29-33 tratan de las razones o motivos que fundamentan las relaciones y deberes recíprocos entre el marido y la mujer, razones que se resumen en la significación que encierra la unidad que han venido a constituir por el matrimonio: El matrimonio de los cristianos convierte a los esposos en participación del amor de Cristo por la Iglesia.
V. Conclusiones.
1. El amor conyugal asumido por el amor divino
El amor conyugal es el amor que se da entre un hombre y una mujer, en tanto que son y porque son personas distintas y sexualmente complementarias. Son tres notas las que definen necesariamente ese amor: a) originarse a partir de la alianza matrimonial; b) ser eminentemente humano; y c) comprometer la dimensión sexual.
Como consecuencia de la inserción del vínculo matrimonial en la comunión de amor de Cristo y de la Iglesia, el amor de los esposos está dirigido a ser imagen y representación real del amor de Cristo redentor. Éste no pierde ninguna de las características que le son propias, en cuanto realidad humano-creacional. Pero a la vez, se produce en él una verdadera transformación, que consiste en una re-creación y elevación sobrenatural y no sólo en la atribución de una nueva significación.
Por otro lado, se debe recordar que la asunción y transformación del amor matrimonial en el amor divino no es transitoria. Como tampoco lo es la inserción del vínculo matrimonial en la alianza de Cristo y la Iglesia. Se concluye, por eso, que en el amor de Cristo por la Iglesia, los esposos cristianos han de encontrar siempre el modelo y la norma de su mutua relación. Ese amor de Cristo es a la vez fuente del amor de los esposos que les ayuda a superar con éxito las dificultades que se puedan presentar. Es también el motivo por el que pueden siempre crecer en su amor, ya que siempre se es posible avanzar más en la identificación con el Señor.
Por ello, uno de los cometidos asignados por Dios al sacramento del matrimonio en relación con el amor conyugal es el de sanar, perfeccionar y elevar ese amor con el don especial de la gracia y de la caridad. De esta manera les es posible a los esposos cristianos superar todas aquellas situaciones en las que, debido al pecado de los orígenes, el amor matrimonial se ve amenazado.
La elevación al orden sobrenatural del amor conyugal, que mantiene íntegras todas las características de la condición humana de ese amor, constituye el punto de referencia necesario que los esposos cristianos deben tener siempre delante para consolidar, fortalecer y recuperar —en su caso— el genuino amor conyugal. Por eso mismo, se revela absolutamente indispensable poner los medios necesarios para custodiar, consolidar y acrecentar ese amor. Todos esos medios se pueden resumir en la vivencia de la virtud de la castidad matrimonial.
Además de producir el vínculo matrimonial, el sacramento del matrimonio es signo eficaz de la gracia, fuente de santificación para los esposos.
2. Realidad y características de la gracia del matrimonio.
Es doctrina de fe definida solemnemente en el Concilio de Trento que el sacramento del matrimonio es causa de la gracia en aquellos que lo reciben dignamente. La doctrina de la fe no especifica más. Pero es común en la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, y también en la teología, afirmar que la gracia conferida consiste en el aumento de la gracia santificante y también en el derecho a los auxilios necesarios para desempeñar la misión propia del matrimonio.
Como sacramento de la Nueva Ley, el matrimonio no sólo es símbolo de una realidad invisible; ante todo es una acción de Cristo por la que el hombre y la mujer participan de la vida divina: en su matrimonio se da un encuentro singular y personal con Cristo, que —con las debidas disposiciones— significa y produce la gracia.
—Aumento de la gracia santificante, y del cortejo de dones y virtudes que la acompañan. Es un efecto común a todos los sacramentos.
—La gracia sacramental propia. Como sacramento distinto a los demás, esa gracia tiene que ser específica. Y como la gracia de los sacramentos es siempre inserción y participación en el misterio de amor de Cristo y de la Iglesia, la gracia sacramental del matrimonio ha de consistir en una peculiar inserción y participación en ese misterio de amor.
El Concilio de Trento habla de la gracia del sacramento del matrimonio diciendo que está ordenada a perfeccionar el amor natural de los cónyuges, confirmar su indisoluble unidad y a santificarlos. El Catecismo de la Iglesia Católica, sin embargo, siguiendo al Concilio Vaticano II (GS 48), enriquece la perspectiva del Concilio de Trento suprimiendo la palabra “natural” de la expresión “amor natural”, a fin de evitar una interpretación “extrincisista” de la gracia en relación con la naturaleza humana.
Se trata, por tanto, de una gracia que tiene como finalidad hacerles capaces de vivir su unión según el modelo de la unión de Cristo con la Iglesia. Se puede decir que la gracia sacramental es una cualidad estable de la gracia santificante, orientada hacia el sentido y finalidad del matrimonio. Es, por tanto, una realidad sobrenatural y permanente, es decir, estable, que comporta el “derecho” a los auxilios sobrenaturales necesarios para vivir la finalidad del sacramento del matrimonio.
El vínculo conyugal que nace del mutuo consentimiento, sería la ratio dispositiva y exigitiva de la gracia. Éste es el cauce por el que se les confiere la gracia sacramental. El sacramento del matrimonio da la gracia, porque hace presente el misterio del amor de Cristo por la Iglesia; y la da por medio del vínculo conyugal porque a través de ese vínculo se hace presente el misterio del amor de Cristo por la Iglesia.
3. La familia, Iglesia doméstica.
Cristo quiso nacer en el seno de la Sagrada Familia. La Iglesia no es otra cosa que la Familia de Dios, y desde los orígenes de la Iglesia, las familias han sido islotes de vida cristiana en un mundo no creyente. Hoy las familias deben ser lo mismo, y los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno. Aquí es donde se pone de manifiesto principalmente el sacerdocio bautismal de los fieles de la familia. La Iglesia doméstica se convierte así en comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana.
Al crear al hombre y a la mujer Dios instituyó la familia y la dotó de una constitución fundamental. Implica y entraña una diversidad de miembros que sin embargo, constituye una autentica comunidad de personas.
Entre la familia y la sociedad existe una relación tan estrecha que se puede afirmar la sociedad será lo que sea la familia. Porque en ultima instancia, el hombre será lo que sea la familia.
Una de las claves para penetrar en la relación familia-Iglesia es la consideración de la familia como Iglesia domestica. Sirve además para acercarse a la identidad y misión de la familia cristiana. A redescubrir esta figura y seguir este camino, en la identificación del ser y existir de la familia, ha contribuido grandemente el Concilio Vaticano II y de manera muy particular la exhortación Apostólica Familiaris Consortio.